Varió entonces la dirección del indiscreto anteojo, y torciéndolo á la derecha, admiró los manchones de castaños, y más allá los sombríos pinares. De un campanario semioculto entre arboledas, le trajo el viento el argentino son de la campana tocando á misa. Al herir sus oídos este toque familiar, tan gozoso en el campo, cuya soledad dulcifica, en el cristal de los gemelos se encuadró una vista nueva, no observada hasta entonces. Era una quinta con su huerto, cercada por una tapia de mampostería: la casa no parecía nueva, sino restaurada; el balconaje de arcos de piedra que tenía al frente denunciaba la reparación. Por las columnas trepaban rosales floridos, y delante de la casa, un jardín á la inglesa rodeaba un estanque natural, ó diminuto lago, sombreado por árboles péndulos. Más lejos, el jardín frutal y varias dependencias, una era y un hórreo grande, indicaban que allí no se cultivaban sólo flores y plantas de adorno. Cuando Gastón notaba este detalle, de la casa salió corriendo un niño, y tras él un perro negro, saltando y haciéndole fiestas; minutos después, una mujer vestida de claro, cubierta la cabeza con anchísimo sombrero de paja, se reunió al perro y al niño. No era fácil detallar á aquella distancia las facciones de la dama del jardín; pero que era dama, se conocía á tiro de ballesta, en los movimientos, en la esbeltez de la silueta, y hasta en el sombrerón, que se quitó un instante; entonces Gastón pudo distinguir que tenía el pelo oscuro. La dama asió al niño de la mano, le halagó y se lo llevó hacia los árboles, donde el grupo desapareció.
VII
La torre de la Reina mora
Estas últimas vistas del anteojo tuvieron la virtud de dejar pensativo á Gastón. No había cumplido los treinta, y estaba preparado por su vida anterior, por la atmósfera de molicie y sensualidad respirada, á que la mujer, en el hecho de serlo, le causare efecto perturbador. No era Gastón un vicioso libertino, y esta verdad la llevaba escrita en la tersura de sus sienes, en la humedad y brillo de sus ojos; pero como ningún freno moral conocía desde la pérdida de su madre; como á nada serio había aspirado; como no enderezaba su existencia hacia ningún fin, el capricho y epicureísmo egoísta se habían apoderado de él, tomando cuerpo en esos juegos y antojos de la imaginación y de los sentidos, sueltos como potros brincadores.
Bien registrado el panorama, quiso Gastón bajarse de su observatorio. El descenso era más peligroso aún que la subida, y dos ó tres veces creyó que caería precipitado. Al fin se vió salvo sobre los escombros, y entonces, olvidado ya de otras fantasías, se dedicó á examinar las ruinas hacinadas. No pudo menos de fijarse en que alguna de las piedras caídas ofrecían el aspecto, no de haberse desmoronado por la acción del tiempo, sino de ser arrancadas violentamente. Hasta mostraban aristas rotas por el hierro. Estas piedras señaladas así ocupaban un ángulo de la torre, y formaban un montón bastante alto; sin embargo, Gastón, resueltamente, hizo rodar dos ó tres de la cima, y vió con sorpresa que el montón cubría una puertecilla muy baja. Apartó más piedras, descansando cuando le fatigaba aquel trabajo rudo, y después de mucho bregar, logró descubrir de la puertecilla lo bastante para dar paso al cuerpo de un hombre. Mal como pudo, por ella se coló, encontrándose en un pasadizo angosto, abovedado, torcido, en declive, y tan bajo de techo, que Gastón lo seguía encorvándose hasta la tierra. Pronto terminaba el pasadizo, en el primer peldaño de una escalera de caracol de piedra, no menos estrecha y angustiosa.
Bajóla Gastón encendiendo fósforos, pues la obscuridad era completa, y por la dirección de aquel conducto juzgó que debía de hallarse á la izquierda de la torre, hacia el castillo propiamente dicho. Hasta veintiún peldaños contó Gastón, y al concluir de bajarlos, desembocó en un aposento subterráneo, sin rastros de ventilación ni de luz, redondo y abovedado también. No podía dudar que fuese un calabozo, el in pace de la torre feudal. Gastón había oído hablar de estos in pace, creyendo siempre que sólo existían en la imaginación de los novelistas y de los arqueólogos; y al encontrarse en aquel lugar donde supuso que habían languidecido los enemigos del poderoso señor de Landrey, se estremeció profundamente. Repuesto, y encendido otro fósforo, examinó la mazmorra, movido por un interés que ya nada tenía de humanitario. ¿Descubriría allí, por felicísima casualidad, el camino que seguían los antiguos, la veta que guiase hasta el filón áureo del tesoro? Fosforito tras fosforito, Gastón reconoció las paredes y el techo, que tocaba con la mano. Una vegetación verdosa, húmeda, resbaladiza, cubría las piedras, pero no había en ellas señal de abertura, de reja, de argolla, ni de ninguna otra particularidad de las que indican una entrada secreta. Los sillares eran gruesos, sólidos, bien trabados, y el pavimento tampoco presentaba nada de anormal; raso como las paredes, sin indicio de trampa ó sumidero. Golpeó Gastón por todos lados, y no sonó á hueco. Entonces fatigado ya, con las yemas de los dedos abrasadas, desanduvo el camino, y salió á ver el sol, á respirar libremente.
Rióse de sí mismo. ¿Pues no había entrevisto, en su fantasía, el tesoro? Sentóse en los escombros, y, cogiéndose la cabeza entre las manos, concentró el pensamiento en la hipótesis. Todas las fuerzas de su inteligencia se pusieron en juego, solicitadas por el problema de que dependía su porvenir.