—Créame el señorito,—insistió Lourido ya más sereno.—Véngase á la Puebla, y no viva más entre polilla y ratas. En mi choza no carecerá de nada.

—Ya me han dicho que tiene usted la mejor casa del pueblo...—murmuró Gastón,—y se la envidio, pero por ahora quiero estarme entre estas paredes ruinosas.

—El castillo está cayéndose; si el señorito piensa hacer obras, mírelo bien antes,—indicó Lourido;—porque le tiene que costar miles y miles de pesos... Ya hablaremos de esto, señorito, porque usted ignora muchas cosas de que yo le puedo enterar, y le conviene, antes de dar paso ninguno: el que llega de fuera viene con los ojos cerrados: sería una lástima meterse en trifulcas.

—Ya bajaré á la Puebla á tratar de eso con usted,—repuso Gastón, disimulando la ironía,—y crea que sin su acertadísimo y amistoso consejo no emprenderé nada. En efecto, estoy á ciegas.

—Me parece que sí,—declaró perentoriamente el apoderado, cada vez más tranquilo, y reventando de importancia.

Prolongáronse visita y ofrecimientos hasta muy entrada la tarde, y Gastón, por aquel día, renunció á curiosear sus dominios. Acostóse con las gallinas, y madrugó al día siguiente, saliendo cuando la aurora principiaba á dorar las cimas del hemiciclo de montañas que por dos lados circunda á Landrey. Si altas razones de discreción no nos lo vedasen, aquí venía á pelo especificar dónde se extiende esa comarca deleitosa; pero sea lícito decir que Landrey está situado en la falda de una de las sierras en que espiran, entre los cabos Ortegal y Finisterre, las últimas ondulaciones, apenas sensibles, de la cordillera Cantábrica. Gastón, al dirigirse tan de mañana á la torre, llevaba el propósito de trepar hasta su mayor altura y dominar el panorama completo. No sin trabajo consiguió salvar las gruesas piedras y los escombros hacinados ante la puerta, y muy arañado de manos saltó al interior. Era mayor allí la ruina. Trozos enteros de pared, desmoronándose, habían atascado la sala baja, siendo muy arduo reconocer su forma. Gastón ascendió por los escombros hasta poner el pie sobre una de las piedras salientes donde se sostenía la escalera y la armazón del piso. Aprovechando este auxilio y las mismas desigualdades de la pared, y no sin riesgo de caer de cabeza sobre los derrumbados sillares; cogiéndose á las plantas parásitas que cedían bajo su mano, y con una audacia loca, logró llegar á donde aspiraba; á la ventana del último piso de la torre. Ya en ella, pudo acomodarse con toda seguridad, pues el hueco de la ventana, con sus dos poyos, formaba una especie de gabinete, y ofrecía asiento seguro su antepecho. El elegante marco de la esbelta ojiva encerraba un cuadro maravilloso.

Gastón, al pronto, sintió mareo. La torre, por aquel lado, se fundaba en escueta roca que descendía al río, si no tajada, al menos en rápido declive; natural defensa que no habían desaprovechado los fundadores. Al fin se serenó Gastón, familiarizándose con la altura, y requirió sus gemelos marinos, de los cuales viajando no se separaba nunca. Graduólos y se recreó en el paisaje. La sierra apenas dibujaba, en lontananza, sus crestas blandas, de un violeta suave, como el de un collar de amatistas, y al pie de la torre, el río, uno de esos ríos gallegos profundos y callados, que ni se secan ni se desbordan, iba ensanchando su curso hasta desembocar en el mar, formando antes la apacible ría que baña el arenal de la Puebla, reluciente á los primeros rayos del sol como polvillo de oro. La línea del mar era de rosado nácar con vetas de azul turquesa, y los grandes bosques, en la vertiente, de un verdor fino, primaveral. Una paz encantadora, una alegría juvenil ascendía de la naturaleza, que parecía salir de un embalsamado baño de rocío.

La Puebla la veía Gastón tan distintamente, con su caserío blanco de techos rojos entreabiertos á manera de abanico de cinco varillas—las únicas cinco calles algo importantes del pueblo—que hubiera podido contar las casas, como podía contar las lanchas pescadoras que, izando la airosa vela latina, se desparramaban ya por la opalizada extensión del mar. La plaza de la Puebla se le metió por los oculares á Gastón, y vió, en la torre de la humilde iglesia parroquial, el entrar y salir de los pájaros, y la cuerda de las campanas. Frente á la iglesia, haciendo esquina con el Ayuntamiento, se alzaba nueva, flamante, una estupenda casa, horrible grillera de cuatro pisos y bohardillón, toda reluciente, pintorreada de verde rabioso, con triple galería de cristales, y encima de la puerta una charolada lápida de seguros mutuos, testimonio de sabia previsión en el dueño... Cuando el señorito de Landrey tenía asestado su anteojo al palacio de Lourido,—no podía ser menos,—en una de las galerías, muy adornada de enredaderas, aparecieron dos mujeres, una joven y otra madura, ambas desgreñadas, en faldas y justillo, recién salidas de la cama, porque se desperezaban aún. La joven, á lo que se percibía con ayuda de los gemelos, era fresca, colorada, blanca, y una copiosa melena rubia, suelta, flotaba desordenadamente por su cuello y hombros. «Es la hija de don Cipriano,» pensó Gastón; y por resabios malos, aferró el anteojo y encandiló el mirar. Una mímica expresiva de las dos mujeres indicó que discutían y se enzarzaban; el displicente gesto de la doncella, sus ademanes y rabotadas, respondían á los airados manoteos de la dueña, asaz puntiaguda de huesos y de muy fea anatomía. De pronto la vieja agarró un brazo de la joven, y ésta, desprendiéndose como una culebra, enseñando el puño, huyó al interior del aposento. La galería quedó desierta...