Oía Gastón con palpitante interés. La popular conseja, enlazada en su imaginación á los datos auténticos que él solo conocía en el mundo, le causaba una excitación indescriptible. En su exploración matinal no había dejado de orientarse y de advertir que la caduca y semidesmoronada torre caía al Norte con tal precisión como si fuese la aguja imantada y Landrey un inmenso navío. Recordaba las palabras del manuscrito, que se había aprendido de memoria: «Hallarás lo que buscares, si guiado por el Norte...» Á hacer su gusto, inmediatamente se volvería á la torre, para seguir registrando, ya con doblada insistencia, sus piedras reveladoras; pero se lo estorbó una visita intempestiva, la del señor Lourido en persona, que apeándose de una redonda y bien cuidada yegüecilla castaña, subía las escaleras todo lo apresuradamente que su obesidad permitía. La adversidad había empezado ya á adiestrar á Gastón, y el instinto le dictó recibir al apoderado con muestras de cordialidad y contento, lo mismo que si estuviese encantado de sus buenos oficios y hubiese hallado á Landrey en el estado más floreciente.
—Á éste es preciso verle venir,—pensó mientras observaba con atención la cara de don Cipriano, tosca y vulgar, colorada y morena, pero con rasgos de incomparable astucia y disimulo en los diminutos y recelosos ojuelos, en la arremangada nariz y en la voraz y blanquísima dentadura, que conservaba intacta á los cincuenta y cinco años.
Don Cipriano venía, claro es, á saludar al señorito; á dolerse de que no le hubiese prevenido de su llegada, en cuyo caso le esperaría en la estación, y le traería mejor montado y atendido, no á Landrey, sino á la Puebla, porque estarse en Landrey era una locura, y el señorito no debía tardar nada en bajar á residir en casa de don Cipriano, donde podrían muy en paz tratar de los asuntos—y Lourido recalcaba la palabra, dándole especial significación.
—Mil gracias,—dijo Gastón con cortesía;—pero yo he venido para vivir en Landrey. Me dolía que este castillo estuviese deshabitado, abandonado...
—Se han hecho en él muchísimas reparaciones, señorito,—contestó precipitadamente el apoderado,—y eso que no había... (ademán expresivo de refregar el pulgar contra el índice). Yo no cesaba de remendar... (y así diciendo, señaló á la pared).
—Ya veo que ahí se ha trabajado,—declaró Gastón,—pero en cambio, las vigas de los techos parece que están arrancadas á propósito...
Dijo estas palabras Gastón en tono chancero, para que no sonasen á reprensión, y no pudo menos de sorprenderle el efecto que causaron en Lourido, cuyos ojos cautelosos é inquietos se revolvieron en las órbitas á estilo de los del ratón cogido en la ratonera y que no sabe por dónde salir.
—El señorito,—articuló al fin con voz turbada,—no sabe lo que es una casa vieja... Allá por las tierras donde anduvo el señorito, las casas son nuevas... ¿Piensa el señorito que las vigas son de hierro? ¡Los años pueden mucho... las vigas se caen!...
—Ya lo sé,—respondió Gastón diplomáticamente.—Comprendo bien que habrá usted tenido que luchar con mil dificultades... No, si no es que me queje. Al contrario: tengo que darle á usted las gracias por todos los trastos que hoy me envió. Si no es por usted, no duermo entre sábanas...