Como tocadas por una corriente eléctrica, saltaron Flora y su madre.
—¡Vamos, ya se le metió á usted por los ojos la viudita!—dijo la esposa de Lourido en tono de compadecer á Gastón.—¡Eso era de ene!
—No,—protestó Gastón sin empeño,—me parece que esa señora no contaba con mi presencia. El chiquillo se entró corriendo en la torre, donde yo estaba...
—¡Ay! ¡el chiquillo!—intervino Flora remedando irónicamente el acento de Gastón.—Sí, sí... ¡al chiquillo le tiene ella bien enseñado!
—¡Mujer!—exclamó Concha sublevada.—¡No sé cómo dices eso! Es de mala conciencia pensar ciertas cosas.
—¿Pero ustedes creen,—dijo Gastón aparentando candidez,—que fueron á la torre sólo para encontrarme?
Hubo un duo de risas malignas; Concha se quedó seria.
—Vaya, aunque es usted de Madrí, parece bien inocente,—declaró la mamá, con dejos de hiel en la voz.—Los hombres... ninguno ve ciertas cosas, por más de que salten así á los ojos.—Y al decir esto la alcaldesa agitaba sus dedos esqueletados.
—Además,—continuó Flora quitándole la palabra á su madre,—¡la viuda es muy larga, muy trucha! Engaña á Licurgo con aquella marcialidad y aquel qué se me da á mí que gasta.