—Vamos... ¿es una mujer de mala conducta?—interrogó Gastón como si le convenciesen.
—¡No, señor! gritó Concha, sin poderse contener.—¡Hace las caridades que puede y va á la iglesia, que yo lo veo!... ¡mucho más que otras!...
—No le haga caso á esta papulita,—advirtió la madre tragándose con los ojos al testigo benévolo.—Ésta, como no hace más que rezar y oir misas, piensa que todos son santos de palo... Y la de Rojas es una santa mocarda. De mala conducta... ¡puede que ahora no sea, pero el diablo sabe lo que hizo en vida del marido, cuando rodaba allá en el extranjero, que mismamente parecían el judío errante!... Así dieron el trueno gordo, que ella triunfó y gastó como una emperatriz, y entonces él, desesperado ya el pobrecillo, ¿qué quería que hiciese? Se mató...
—¿Se suicidó el marido de esa señora?—preguntó Gastón esta vez impresionado.
—¡Ya lo creo!—gritó la dueña triunfante.—Dos tiros se pegó en la barba y en el cielo de la boca... Ya ve usted qué principios tendrá ella, que anda por ahí como si tal cosa, alegre...
—¡Después de seis años!—advirtió Concha.—¡Pues bien triste y bien enferma estuvo! El bruto y el mal cristiano fué él; ella no. ¿Querían que también se matase?
—Para mí el marido hizo la acción porque descubriría algún enredo de la mujer,—declaró la señora de Lourido.
—Y por otra parte, no tenían ya sobre qué caerse muertos,—agregó Lourido.—Ella está miserable como las arañas.
—Miserable, sí,—contestó Flora,—pero tan romántica como siempre. ¡Unos trajes y unos sombreros! No sé si ese modo de vestir será elegante... Raro parece. ¡Y las faldas tan rabicortas! ¡Qué descaro!