—¡Á éste no!—declaró Miguel.—Éste no es visita, que es mi amigo... y le llevo á ver las cabras...
—¡Sí, las cabras y mamá!...—añadió Antonia plácidamente.—Espéreme usted en la sala... ó en el jardín... ¡Hasta dentro de un instante!
Gastón obedeció de mala gana. La viuda, encendida, con el pañuelo picaresco y el traje de mecánica, le había parecido de perlas; mejor cien veces que en la torre. Por su gusto reemplazaría á la moza de pala, ayudando á revolver la ropa en el tonel. No hubo más remedio que dejarse llevar otra vez por Miguelito, y admirar los brincos de dos chivitas blancas, prisioneras en el traspatio, al pie del hórreo,—porque no dejaban cosa á vida en la huerta ni en el jardín.—Al cabo dieron fondo en una sala baja, á la cual se accedía por el zaguán, y donde muebles modernos y antiguos, cuadros viejos y grabados ingleses, un soberbio piano de cola, producían un conjunto familiar, de tonos íntimos y artísticos á la vez. En los jarrones había flores frescas, y en el centro de la sala un acuario de salón, de reducidas dimensiones, muy bien cuidado, estaba lleno de pececillos y curiosos moluscos y zoófitos, que Miguelito enseñó con orgullo á su amigo.
—Yo he de ser marino, como mi abuelito,—declaró la criatura,—y ya sé lo que hay en el fondo del mar... Estos pescaditos venían en la red, ¿sabes? y mamá y yo vamos á ver cómo la sacan... y recogemos lo más bonito. ¡Nos divertimos tanto! Mira, mira, ese es el erizo... Qué espinas, ¿eh? No se le puede poner la mano... Oye, ese bicho se llama caballo de mar... ¡Qué raro! Fíjate en la concha vieira... ésa la trae Santiago Apóstol en la esclavina...
Entretenido con la charla del chico, no dejaba Gastón de aguardar con impaciencia á Antonia, que tardó bien poco en presentarse, sin pañuelo ni delantal y de mangas largas, pero en traje no menos sencillo y campestre que el otro. Excusóse Gastón lamentando haber presenciado é interrumpido su faena, y ella respondió con llaneza y sinceridad:
—No tiene nada de molesto que le vean á uno enfaenado. Crea usted que, por otra parte, si yo pudiese prescindir de trabajar, tal vez me dejase tentar de la pereza; pero Miguel y yo viviríamos muy mal. No soy rica y me gustan las cosas refinadas, de limpieza y de cuidado: ¿qué voy á hacer, sino presenciar ó ejecutar en persona? Aquí dejan á la ropa, al lavarla, un color moreno poco simpático: con mis químicas logro que salga muy blanca. La costumbre y no la virtud me va aficionando ya á estos trajines, ó por lo menos, no se me hacen cuesta arriba como al principio. No hay mejor que tomar con buen ánimo las labores y las obligaciones; se hace uno amigo de ellas.
—Necesitaría algunas lecciones de usted para aprender esa filosofía, que bien la necesito,—dijo Gastón.
—Esa filosofía, como usted la llama,—respondió Antonia festivamente,—tiene uno que enseñársela á sí mismo...