—¿No existe maestra?—preguntó con intención el señorito de Landrey.

—Sí, señor; conozco una maestra de eso...—murmuró Antonia, cuyo movible rostro cambió de expresión y se nubló.—Una maestra muy dura... ¡La desgracia!...

—Entonces ya puedo yo ser discípulo,—declaró Gastón, con asomos de melancolía.

Hubo un momento de silencio: el giro confidencial del diálogo desagradaba sin duda á Antonia. Miguelito salvó la situación cogiendo á su madre de la mano y empeñándose en que había de ver Gastón la casa y el jardín en sus menores detalles. Antonia, sonriendo, declaró al levantarse para cumplir el capricho del niño:

—Así como así, este paseo del propietario es inevitable... El trago, de una vez. No le perdonaremos á usted ni las lechugas ni las zanahorias.

Recorrieron, en efecto, la casa, el jardín, el huerto y las dependencias. Era la casa, irregular en su forma, muy cómoda y desahogada interiormente, y por el aseo y el orden parecía uno de esos primorosos cottages de las inmediaciones de Londres, en los cuales se vive á gusto, y cada hora del día acarrea un goce honesto y sano, del cuerpo ó de la inteligencia. Las habitaciones revelaban en su distribución un sentido especial de la realidad, de las necesidades que imponen una vida solitaria y la educación de un niño: y Gastón vió con interés el cuarto de estudio, sus mapas, sus libros de estampas, sus cajas de geometría, sus cuadernos, todo sin manchas ni hojas rotas, todo regularizado, como pudiera estarlo en un colegio bien entendido. Nada faltaba en la mansión: ni la bibliotequita, bien surtida de libros útiles y recreativos y de obras clásicas españolas; ni la despensa, provista de conservas y dulces caseros; ni el frutero, donde todavía amarilleaban las manzanas de la última cosecha: y Gastón, acordándose de su desmantelado castillo, apreció mejor la gracia y la intimidad modesta de la casa de Antonia. Del huerto se había sacado también todo el partido imaginable: los cuadros de legumbres parecían canastillas de flores, por lo bien cuidados y dispuestos; los árboles revelaban una poda inteligente; y el establo, que albergaba dos vacas con sus ternerillos, no se veía menos limpio ni barrido que la sala. Entre las dependencias descubrió Gastón una diminuta lechería, forrada de azulejos, digna de Holanda por lo exquisitamente pulcro de sus tazones, jarros y tanques de metal: y como la elogiase calurosamente, Antonia se paró y dijo con entusiasmo:

—¡Ah! Es que esta lechería me ayuda á vivir... ¡es una rentita que no descuido yo ni un minuto! De diez á doce reales diarios limpios saco de estas paredes... y en el campo doce reales levantan en peso... ¡No se ría usted! ¡El señor de Landrey se ríe de esta aldeana!

—No me río... La envidio á usted, por el contrario. Pero ¿cómo diablos saca usted eso de una lechería?

—Hago quesos, y los envío á Madrid... Sin sospechar que venían de tan cerca de la casa de usted puede que los haya usted probado. No me permiten,—y eso mortifica mi vanidad, lo confieso,—ponerles el rótulo que me gustaría: «Quinta de Sadorio,» impreso con molde... Quieren hacerlos pasar por el famoso fromage suisse, y lo logran; y como ganan, porque yo se los vendo baratos, y no hay derechos de aduanas, tengo clientela segura... No doy abasto á los pedidos, y me parece que pronto tendré que ensanchar mi comercio, comprando un pradito más...