De sorpresa en sorpresa iba Gastón. ¿Era aquella la mujer calificada en la Puebla de romántica, y que se le había aparecido en traje de excursionista en la torre de la Reina mora? ¿Había cálculo en tanto aparato de laboriosidad y economía? ¿Es humanamente posible fingir un género de vida y unas costumbres como las de Antonia Rojas? Sin querer, las intenciones y propósitos de Gastón respecto á la viuda, iban modificándose; si al pronto la tuvo por fácil presa, ahora, con el naciente respeto, la juzgaba torre alta é inaccesible. Terminaron la visita de la propiedad, y salieron á reposar á una terraza cerca del estanque, donde encontraron servida ligera colación: té con leche, hasta media docena de quesitos, y un plato de fresas: para otra fruta era temprano: Antonia sirvió el té y preparó las rôties untadas con miel de abeja, que trascendía á flores de campo y romero; y como Gastón se mostrase confuso y agradecido del obsequio, Miguel explicó que era la misma merienda de todas las tardes...

—No, hijo mío,—advirtió su madre,—los quesos son un extraordinario, para que este señor los pruebe. Lo otro sí: es un lujo que nos damos el de tomar un té inglés de primera: me lo envían unos amigos que tengo, cónsules en Plymouth. Lo demás... caserito. La leche, de mis vacas; la miel, de mis abejas; las fresas, de las platabandas que hay debajo de los rosales... cuyas rosas se lucen en ese vasito de China...

—Señora,—murmuró Gastón, saboreando con delicia la infusión perfumada,—yo no soy adulador, pero crea usted que este té tan elegante, este servicio tan delicado, me parece un sueño que me lo ofrezcan á un cuarto de hora de Landrey. No he tomado en mi vida ninguno que tan bien me supiese...

—Era de suponer que diría usted eso,—respondió maliciosamente la viuda.

—Qué, ¿no lo cree usted? Pues no acostumbro hacer madrigales al té, señora... Lo que más me admira es que tenga usted estos servidores óptimos... é invisibles, porque nos lo hemos encontrado todo aquí como traído por mano de las hadas.

—¡Dios mío! ¡Qué bueno es usted! Tengo los mismos servidores que todo el mundo... Dos muchachas, á quienes he ido enseñando lo más elemental... Pero hago que, cuando estoy sola, me sirvan con los mismos requisitos que si estuviese alguien de fuera (lo cual aquí no suele suceder), y por eso, sin que me haya escabullido para mandarlo, usted ve una servilleta planchada y unas cucharas que relucen... ¡Gran misterio! Lo que no me explico es que nadie proceda de otro modo; es más cómodo así... ¡Soy muy comodona; no vaya usted á suponer lo contrario!

Gastón se sentía, sin comprender por qué, feliz. Sabíale á gloria la refacción, y el aire perfumado de esencias de flor que bañaba sus sienes, le refrescaba el espíritu. Hubiese querido prolongar aquella visita una semana; tan bien se hallaba en el jardín de Antonia. La conversación, desviándose ya de los temas de la vida práctica, rodó sobre mil asuntos diversos: se habló de viajes, de música y hasta de arquitectura, á propósito de Landrey. Antonia ensalzaba el castillo propiamente dicho, el que era posterior á la torre de la Reina mora, y no comprendía que Gastón hubiese permitido tocar, en ausencia suya, á tan hermosas y sólidas piedras.

—Estaban firmes, más firmes que las del Pazo, que es muy posterior,—exclamó.—Han hurgado allí por todas partes, y sin que se explique la razón. ¿Cómo ha dado usted licencia?