—No la he dado realmente, señora... Esa es una historia de que hablaremos,—contestó Gastón, confirmado en sus sospechas por estas preguntas de Antonia.—Pero deseo que un día visite usted conmigo á Landrey y veamos esos trabajos.
Cuando salió Gastón de Sadorio, la luna brillaba en el firmamento, y en su corazón lucía un rayito de sol alegre y dulce. Las madreselvas, desde los zarzales, le enviaban aromas penetrantes y deliciosos; el aire era tibio, el camino poético y silencioso, y la última caricia de Miguel calentaba aún las mejillas del señorito. Al llegar á Landrey, no pudo menos de preguntarse á sí propio con sorpresa:
—¿Estaré enamorado? ¿Ó son efectos del lugar, la hora, las circunstancias?... ¡Lo cierto es que no cabe pasar tarde más bonita que ésta!
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La consejera
Aunque la discreción ponga coto á ciertos impulsos, extraño sería que no triunfasen de ella en un mozo como Gastón, poco acostumbrado á la disciplina moral,—que muchas veces consiste en vivir á contrapelo del gusto.—Cautivado por Antonia Rojas, Gastón deseaba verla á cada instante, y la misma levadura de respeto y de admiración involuntaria que se mezclaba á otros sentimientos menos ordenados y pacíficos, le inducía á creer que no era peligrosa la frecuencia del trato con la viuda, ni las reiteradas visitas á Sadorio. Fué primero cada tres días, después cada dos, por último, diariamente. Antonia no le esperaba: jamás la encontró ni vagando por el jardín, ni tocando el piano, ni sentada lánguidamente en un cenador, ni cortando flores con la larga tijera que para este oficio llevaba pendiente de la cintura. Siempre la sorprendió ó dirigiendo la preparación de unos apetitosos calamares en conserva, ó poniendo en madurero la cosecha de tomates tempranos, ó haciendo que trasquilasen el melonar, ó desnatando leche, ó cortando blusas para Miguelito: ocupaciones nada sentimentales, y que no autorizaban ningún poético desmán. Ocurrió con aquellas visitas un fenómeno, aflictivo para el ya prendado Gastón: y fué que en las primeras, Antonia le recibió expansiva y afable; en las segundas, reservada y cortés; y cuando las menudeó, empezó á mostrarse seca, fría y hasta incivil, pues le dejaba solo con Miguelito las horas muertas, y se marchaba á sus quehaceres. El niño, en cambio, estaba cada día más afectuoso con su amigo, y le abrumaba á caricias, á preguntas y atenciones, allá á su inocente estilo. No sabiendo Gastón qué discurrir para complacer á su único partidario en la casa, ideó buscar un caballito pequeño, barato y manso, que compró en la Puebla, y que trajo á Sadorio, con objeto de dar lecciones de equitación á Miguel. La idea produjo embriaguez de dicha en la criatura; pero Antonia, terminada la primera lección, llamó á Gastón á la sala, y en frases bien escogidas para no herirle, y firmes bastante para reprimirle, le dijo claramente que sus visitas continuas no eran convenientes, ni admisibles sus regalos. Y como él mostrase gran pesadumbre, Antonia dulcificó la voz y añadió:
—Usted debe comprender que, en esta soledad, es muy grata la compañía; usted debe comprender que yo ni soy insociable, ni tengo tantas distracciones que me estorbe la que usted me proporciona con su amable trato. Pero no le hago á usted tan poco perspicaz que no se dé cuenta del efecto que sus visitas diarias han de causar en el público.
—¿Hay aquí público, Antonia?—preguntó Gastón con ironía.