—Lo hay en todas partes. Éste es reducido y de gente sencilla, pero por lo mismo se les debe buen ejemplo, hasta en las apariencias; sobre todo, cuando la realidad es honrada y clara, y sólo honrada y clara puede ser. ¡Sí, amigo Landrey! Yo quiero que me estimen de veras mis criaditas, la Colasa y la Minga... entre otras razones, ¡porque he de vivir con ellas muchos años!
Á su pesar rió Gastón el gracejo de la señora, y doblando la cabeza, murmuró:
—Antonia, yo deseo de todas veras obedecer á usted... y ya se sabe que la obedeceré... pero óigame usted, puesto que tengo la suerte de que me hable usted con esta franqueza tan noble... que prefiero á la seriedad de ayer. La conozco á usted de hace un instante, puede decirse, y me he acostumbrado á su amistad de usted tan pronto y de una manera tan extraña, que la necesito lo mismo que se necesita el aire para respirar. No frunza usted el ceñito: mire que no la estoy cortejando; ¡le juro que no se trata de eso! Es que me encuentro en circunstancias especialísimas de mi vida, en los momentos penosos en que es preciso que alguien nos atienda y nos dé un buen consejo; es que me hallo completamente solo, aisladísimo, desorientado, y que, probablemente, voy á cometer mil desatinos si me falta una persona buena, que vea mejor que yo cuestiones de que penden mi fortuna y mi porvenir. La casualidad me ha puesto en contacto con usted, que casualmente es también el único ser humano capaz de inspirarme una confianza absoluta, incondicional; porque tiene usted un juicio y un carácter...
—Bien, al caso,—interrumpió Antonia atajando la alabanza.—Si se trata de prestarle á usted servicio... es diferente... Aquí estoy.
—Pues acepte usted por algún tiempo el papel de confidente y consejera mía.
—Aceptado,—declaró la viuda sin vacilar.—Yo seré su confidente y consejera. Eso no implica que usted venga aquí á menudo. Vendrá usted una vez por semana... ó menos, si no es preciso.
—Me resigno,—suspiró Gastón.—Vendré los sábados, como los empleados... ó los domingos... como el lavandero.
—He dicho que tal vez menos...—repitió Antonia risueña.—Probablemente le señalaré á usted un turno quincenal. En fin, eso dependerá de la consulta que usted quiere dirigirme. No sé de qué índole será... Para que vea usted que empiezo complaciéndole: mañana se viene usted á comer aquí, y, de sobremesa, me comunica esas historias de que, según afirma, penden su porvenir y su fortuna. Yo necesitaré, de seguro, reflexionar, porque á fuer de gallega tengo el trasacuerdo mejor que el acuerdo. Así es que, después de la confidencia, no vuelve usted... en diez días. Pero antes de que me honre usted con su confianza, á mi vez tengo yo el deber de enterarle á usted bien de quién soy, porque usted me conoce de poco acá, y las referencias que haya podido oir de mí quizás no brillen por la más rigurosa exactitud.