—Tiene usted sus partidarios y sus detractores, Antonia; y entre los primeros se cuenta una cojita muy simpática, hija de mi mayordomo Lourido.

—¡Pobre Concha!—murmuró afectuosamente Antonia.—¡Criatura más angelical! La resignación con que sufre,—porque está enfermísima,—le ganará un lugar señalado allí donde muchos soberbios y poderosos quisieran conseguirlo...

Y, pensativa, la viuda apartó la mirada del rostro de Gastón.

—Espero su historia de usted, Antonia, para que se aumente mi afecto,—indicó el señor de Landrey, respetuosamente.

—¿Quién sabe? Tengo de qué acusarme, como va usted á ver...—Soy ferrolana, y mi padre, don Federico de Rojas, era marino. Lo mucho que había viajado, y su talento natural, hicieron de él, si no un sabio, por lo menos un hombre instruidísimo. Por muerte de mi madre reconcentró en mí todo su cariño, y me enseñó ciertas cosas que no suelen aprender las muchachas, por ejemplo, botánica é historia natural; de ahí salió mi afición á recoger esos bichos raros que ve usted en el acuario, y lo mucho que me divierten mi huerto y mi jardín, y mis correrías por la montaña para formar herbarios... Un armario grande he llenado de cartones—Tenía yo diez y ocho años cuando en un baile á bordo me conoció y me pretendió don Luis Sarmiento, que era joven, rico, muy bien nacido; que reunía, en fin, las condiciones que sueñan los padres para los novios de sus hijas. No hubo oposición; me casé, y al año nació Miguelito. Mi esposo era, además de todo lo que he dicho, una persona excelente: caballero, pundonoroso y de muy alegre humor: sólo que sus padres no se habían cuidado de enseñarle la vida real. Había gastado ya mucho de soltero, y por complacerme y recrearme, se lanzó á mayores dispendios después de casado: me llevó á viajar por toda Europa, con un lujo que ahora conozco que era insensato; me compró joyas y trajes; montamos trenes, y vivimos en Madrid anchamente, protegiendo artistas y adquiriendo lienzos y esculturas, como si nuestra renta fuese quince ó veinte veces más pingüe de lo que en realidad era. Aquí debo yo acusarme de mis yerros: en vez de contener á mi esposo, gozaba como una loca de aquellos esplendores y placeres, porque tengo un instinto de fausto y de arte que no parezco sino una Cleopatra... ¡y para llegar á hacer la lejía con mis propias manos ha sido menester que la adversidad me haya zorregado con unas disciplinas muy recias! Pronto pasó lo que tenía que pasar: mi marido se vió ahogado de deudas, de hipotecas y de réditos usurarios; llegó un día en que no pudo cumplir ni pagar á nadie, y entonces...—Aquí los garzos y rientes ojos de Antonia se vidriaron de lágrimas,—entonces... cometió un atentado...

—Me lo han dicho,—se apresuró á interrumpir Gastón, viendo el trabajo que le costaba á Antonia tocar aquel punto.

—¡Ojalá,—prosiguió ella,—me hubiese dicho la verdad de nuestra posición! El mismo cariño que me tenía le obligó á callar... No se sintió con valor para confesarme que nos encontrábamos arruinados y que nuestro hijo sería pobre. Si Dios le inspirase tal rasgo de sinceridad,—por eso no negaré jamás á nadie el consuelo de una confidencia,—yo, con todo mi cariño, le hubiese confortado, persuadiéndole de la verdad: ¡de que aún podíamos vivir... tan felices! Haríamos lo que hice después: vender todo, desprendernos de todo, cumplir con los acreedores, y retirarnos aquí en paz. La desgracia le ofuscó y le hizo olvidar que era cristiano, jefe de una familia, padre de un hijo á quien debía el ejemplo de la resignación y de la fortaleza... Nada me dijo; no se fió de mí, me cerró su corazón... no me miró como amiga... ¿Y sabe usted por qué? Por culpa mía: porque él no podía ver en mí más que á una muchachuela sin seso, aturdida con las galas, las diversiones y los goces del mundo y de la riqueza... ¡Ya ve usted cómo no me falta de qué acusarme!

Suspiró hondamente la viuda; y recobrándose y secándose los ojos con el pañuelo, prosiguió:

—Un solo consuelo tuve, y si no es por él, creo que aquella catástrofe, en vez de costarme la salud por algunos años, me cuesta en el acto la vida.