—¿Su hijo de usted?—dijo echándose á adivinar Gastón.

—Eso no es consuelo, eso es yo misma,—respondió Antonia.—No; el consuelo ¡y bien grande! fué que mi esposo vivió aún tres horas después del atentado... y no perdió el conocimiento... y tanto le rogué, y tanto le besé la cara y las manos en esas tres horas... que se arrepintió... se confesó... ¡y murió absuelto!

El silencio que siguió á estas palabras tuvo algo de magnético: parecióle á Gastón que acababa de descubrir el alma de Antonia,—fuerte, porque era creyente.—Sus ojos, iluminados de fervoroso entusiasmo, hicieron bajar al suelo los de la dama.

—Después,—dijo precipitadamente, á fin de cortar aquella corriente súbita,—me ví envuelta en mil dificultades para desenredar la pequeñísima hacienda que le quedaba á mi hijo. Vendí mis alhajas, mis encajes, hasta mis vestidos y abrigos de pieles y terciopelo; vendí los coches, los cuadros, los barros, los tapices y los muebles, y por supuesto, la plata y las vajillas; cuanto era de lujo se vendió, creo que malbaratado, pero en tales naufragios siempre sucede así: hay que darle su parte de botín al mar. Yo recordaba que esta casa de Sadorio había sido reparada y aumentada por orden de mi marido, que tenía cariño á las paredes que le habían visto nacer: y aquí me refugié y aquí vivo desde entonces, aprovechando la baratura del país y los recursos de economía doméstica que proporcionan el huerto y los prados. Miguel se cría robusto, y yo disfruto comodidades que tal vez no poseía en mis épocas de derroche. ¿Lo duda usted? En Madrid no teníamos bosques, ni extensos jardines, ni flores frescas á toda hora, ni el pescado del mar á la sartén... Sepa usted que hasta economizo... ¡Vaya! Junto unos ahorrillos para cuando Miguel tenga que ir á seguir carrera y yo me vea precisada á acompañarle; lo cual haré para que no se desaliente ó se corrompa... Ese día que tendré que dejar á Sadorio... me parece que lo sentiré mucho. Me he acostumbrado á esta libertad y á esta calma... Fácilmente sacaríamos de aquí una moraleja por el estilo de las máximas que escribía Miguelito en sus primeras planas, después de los palotes: «Amando el deber lo convertimos en placer.» Ya sabe usted mi vulgar historia...


XI
El consejo

Profundamente impresionado salió de Sadorio aquella tarde Gastón; y con ser pocas las horas que faltaban para volver á ver á Antonia, parecieron muchas á su impaciencia. Antes de lo que creía, sin embargo, logró la vista de su amiga. Era domingo, y como Gastón bajase á la Puebla á misa mayor, allí estaba arrodillada la viuda, pero ni volvió la cabeza: asistía al santo sacrificio con una compostura no afectada, y á su lado, Miguel—¡extraña novedad!—también permanecía quieto y atento, hecho un santito,—aunque con un azogue tal en las piernas, que al acabarse la misa y salir al atrio, pegó más de una docena de saltos: parecía haberse vuelto loco.