Florita, que había avizorado á Gastón en la iglesia, enganchóle á la salida, y mientras coqueteaba con él á su estilo lugareño, desaparecieron Antonia y Miguel. Despepitábanse la esposa y la hija del Alcalde:—¿Por qué no se quedaba Gastón á comer con ellos? ¿Dónde se metía, que andaba tan oculto? ¿Qué tal substancia tenía la miel de Sadorio? ¿Le habían picado las abejas, que estaba tan seriote?—Trabajo le costó zafarse de aquellas obsequiosas interlocutoras, pretextando ocupaciones muy urgentes, y no sin prometer que el lunes vendría.

—Así como así,—pensó,—Antonia, después del día de hoy, va á desterrarme por una temporada...

Á paso apresurado, como el que sigue la estela de su deseo, tomó el camino de Sadorio; y ya cerca de la quinta, comprendió que no debía presentarse antes de la hora señalada, las dos, y entretuvo el tiempo como pudo, entrando en casa de una labradora y pidiendo un vaso de leche. Se lo sirvieron fresco y espumante, pues estaba la vaca en el establo, por ser domingo y no haber quién la llevase de mañana al pasto; y Gastón tiró de la lengua á la vejezuela que ordeñaba la vaca y presentaba el cuenco rebosante,—averiguando con pueril alegría que era una protegida de Antonia.—Aquel invierno, la vieja, «había estado tan en los últimos,—eran sus palabras,—que ya tenía encima los Santos Oleos, ¡así Dios me favorezca! y si no es por el caldito que todos los días mandaban de Sadorio y los remedios que pagó la señorita en la botica de la Puebla, no lo contaría...»—Con esta plática gustosa para Gastón, fué acercándose el momento de presentarse en la quinta, y allá corrió, dejando por el cuenco de la leche un duro en la mano sarmentosa de la vejezuela parlanchina... que le hartó de bendiciones.

Recibiéronle, Antonia con cordialidad, Miguel con arrebatado cariño, y se sentaron los tres á una mesa cuyo primor consistía en el decorado de flores naturales y en el brillo de la loza y del cristal, y en que sólo tentaban el apetito los manjares por su frescura y grata sencillez. Las ostras de la Puebla, regadas con el limón cogido en el huerto; el pastel de liebre cazada en los vecinos montes; la gallina cebada en el corral casero; la densa conserva de membrillo, sabiamente fabricada por Colasa, compusieron el banquete. El café salieron á tomarlo al ameno sitio de costumbre; y como Miguelito, jugando con Otelo, se alejase á ratos, Gastón aprovechó la ocasión propicia, y refirió á Antonia, muy despacio, su historia entera. Nada omitió, ni las últimas advertencias de su madre, ni la disipación de los primeros años, ni la ruina, ni la doblez del maldito Uñasín, ni la revelación de doña Catalina de Landrey, ni la conseja del tesoro, ni las recientes inquietudes y las reclamaciones inicuas de don Cipriano Lourido... Antonia escuchaba atentamente, y de vez en cuando, si no encontraba bastante clara la narración, interrumpía con preguntas concretas, á que Gastón respondía sinceramente, procurando no alterar los hechos ni la realidad de sus sentimientos en lo más mínimo. La necesidad de expansión y de desahogo que sentía le desataba la lengua y le movía á acusarse á sí propio, pareciéndole como si viese su imagen moral reflejada en un límpido espejo, y una fuerza superior le impulsase á describir minuciosamente los defectos y tachas de aquella imagen. Al terminar, Antonia quedó un rato callada: reflexionaba, y su rostro generalmente alegre tenía una expresión de gravedad en armonía con las funciones de juez de un alma que se disponía á ejercer.

—Antonia,—exclamó con ahinco Gastón, viéndola permanecer silenciosa y meditabunda,—hable usted; no tenga reparo en calificarme según le plazca, ni en echar por tierra mis ilusiones respecto al imaginario tesoro. Á todo estoy preparado, y casi me hará usted un bien acabando de extirparme esperanzas quiméricas. Tráteme usted, Antonia, al menos hoy... como á un hermano. En cambio del sueño del tesoro me dará usted otro sueño más bonito cien veces: soñaré que se interesa usted por mí: ya ve si salgo ganando.

—¿No se enojará usted porque me exprese con franqueza?—preguntó la consejera sonriendo.

—Mil veces no... Al contrario, como me dijo usted la primera vez que la ví y la pregunté si la importunaría mi visita.

—Pues lo que saco en limpio de su historia es que es usted responsable de la mitad más una de las desdichas que le han sucedido hasta hoy. El perder á su madre de usted fué desgracia; el arruinarse, culpa.