—Lo reconozco. Prosiga usted; repréndame.

—Sí que debo reprenderle, y en términos muy severos, porque, amigo Gastón, hay ruinas de ruinas. El que emprende algo útil; el que invierte con buen fin su capital y tiene la desgracia de no acertar y de perderlo; el que por reveses impensados se queda pobre, merece lástima. Usted no está en ese caso: lo ha derrochado todo de la manera más frívola y más sin substancia, y para mayor dolor, dando escándalo al mundo y mal ejemplo á sus amigos y á sus servidores. Tenía usted un caudal que manejar y un nombre antiguo é ilustre que sostener; el caudal lo ha dedicado usted á insulseces y á torpezas, y el nombre lo ha dejado usted á merced de los Louridos, hoy protectores del señor de Landrey. Ya ve si la tribulación es merecida.

Por preparado que se encontrase Gastón á oir cosas desagradables, y por grande que fuese el prestigio de Antonia para decírselas, sintió un bochorno mortificante y un deseo de apología.

—Es cierto, Antonia; pero recuerde usted, para no juzgarme tan duramente, que á no haber encontrado en mi camino á dos bribones que me deparó la suerte, después de todo, no estaría hoy sino algo mermada mi hacienda.

Frunció Antonia el ceño, y su cara adquirió expresión todavía más severa y triste.

—No le disculpa á usted eso. Antes me parece que le acusa más. Sobre disipador, ha sido usted neciamente confiado. No ha querido usted molestarse ni en saber á quién entregaba sus intereses y consagrar á vigilarlos ni una hora de las que perdía en sus vacíos goces. Los bribones nacen espontáneamente al lado de los abandonados como usted. Si no le hubiesen pelado á usted Uñasín y Lourido, le pelarían otros que se llamarían de otra manera: diferencia única. Y no me diga usted que le faltó buen consejo, Gastón... porque lo tuvo usted tan bueno, que no cabe otro mejor; y á no haberse usted olvidado de las palabras de su madre, de que la fortuna se nos da como en depósito... hoy sería usted un hombre feliz, rico y con la conciencia tranquila; sería usted... óigalo bien, Gastón, porque esta frase me parece que lo dice todo... un administrador de Dios... que es lo que hay que ser, y lo demás, ¡patarata!

Radiante luz penetraba en el espíritu de Gastón, que casi sentía impulsos de arrodillarse y de herirse el pecho con el puño cerrado. Podía todo aquello mortificarle un poco, pero... ¡qué gran verdad encerraba! Antonia, perspicaz al fin como mujer, notó muy bien el efecto de la homilía, y se dilató su rostro.

—Si aspira usted á restaurar la riqueza de Landrey para volver á tirarla por el balcón, no tengo fe en los consejos que le voy á dar: recaerá usted en la miseria, y quién sabe si en la deshonra. Antes de rehacer el caudal, que es cosa externa, rehágase usted por dentro: me parece lo más urgente. Si se ha de cambiar su porvenir, cambie usted, transfórmese en otro hombre...

—Creo que tiene usted razón, Antonia,—exclamó el señor de Landrey con entusiasmo.—Conozco que he sido... un trasto; ¡francamente! Deseo regenerarme... pero no podré si usted no me ayuda. Estoy muy solo: nadie me quiere; á nadie le importa de mí... Esto no lo había notado hasta hoy; vivía en un vértigo, y aturdido no comprendía el vacío de mi alma. Ahora conozco que me falta sostén y calor... Si usted no me tiende la mano, Antonia, usted que es tan fuerte, tan derecha, tan valiente... no haré nada; me echaré al surco.