La viuda de Sarmiento se encendió de emoción; pero fué como el paso fugaz de una nube roja sobre un tranquilo cielo. Pesando sus palabras, cuya importancia conocía, respondió serenamente:
—Si entiende por tender la mano lo que estoy haciendo... ya la tiene usted tendida. Pero de esa puerta afuera,—y señaló á la de la verja,—es usted el que tiene que valerse. ¿No es usted hombre? ¿No ha de poder un hombre recoger sus fuerzas y su voluntad y cumplir un propósito? Si yo no fuera mujer, me asociaría á usted para trabajar juntos en la restauración de Landrey; hasta me divertiría la empresa. Su delicadeza de usted debe hacerle comprender que no puedo en esta ocasión olvidar la reserva propia de las faldas. Ni aun como consultora me gustaría que, en lo sucesivo, acudiese usted á mí. Le queda á usted trazada una línea de conducta, ó mucho me engaño, ó puede seguirla solo. ¿Qué, no será usted capaz de remediarse? Porque entonces...
—¿Y esa línea de conducta?—murmuró él con tierna sumisión.
—Ya lo sabe usted; volverse del revés como un guante. Era usted gastador y ha de ser económico; era usted confiado, y ha de ser receloso; era usted dormilón, y ha de ser madrugador; era usted perezoso, y ha de ser activo; era usted un vago, y ha de trabajar diez horas diarias, papelear, hacer números, sepultarse en las cuentas hasta el cogote... No ha de fiar usted á nadie sus asuntos, y no ha de perder ni un día en caprichos. El venir aquí es capricho también. Pase hoy, porque hablamos de cosas serias; mas si le ocurre jugar al picadero con Miguelito, yo no he de prestarme á ello. ¡Usted ya no es dueño de un minuto!
—Pero, Antonia,—objetó Gastón con humorismo,—lo que me aconseja usted estaría en carácter si yo tuviese aún millones que administrar. Los que me despojaron me quitaron esas ansias. Á fe que bien libre me encuentro.
—Ese es el error,—exclamó Antonia—No hay semejante ruina. Lo que han hecho es embrollarle de mala manera sus asuntos; desean comérsele hasta los huesos; pero apostaría lo que no tengo á que si usted se lo propone, los desembrolla. Usted mismo reconoce que no ha podido gastar, de ningún modo, lo que le da por invertido el peje de Uñasín. Si se cruza usted de brazos, claro es que acabarán por llevárselo todo. ¿Quiere oir lo que yo haría en su caso?
—Como que he de acatar á ciegas lo que usted disponga,—declaró Gastón, que se sentía revivir.
—Pues halague usted á Lourido; déle á entender que conseguirá cuanto desee; y únicamente pídale luz para desenredar lo de Madrid. Sírvase de un bribón contra otro bribón. Esto es lícito, y como no se trata de hacer ninguna picardía... Lourido es hombre que oye crecer la hierba; posee gran aptitud para los negocios; en otro campo que la Puebla, tendríamos en él á uno de esos reyes de la banca, que sudan oro. Utilice usted á Lourido para meter al de Madrid en cintura. Estudie con Lourido el problema, y cuando se empape bien en las doctrinas de ese maestro, (para el caso presente es que ni de encargo), haga usted la maleta y váyase á Madrid á empezar á devanar el ovillo. Después de poner orden allá, puede dedicarse á lo de aquí. Á Landrey, hoy por hoy, debe usted mirarlo como cosa secundaria.
—Á todo esto, Antonia,—interrogó Gastón que había bebido ávidamente las palabras de la viuda,—no me dice usted nada de... lo principal.
—¿Á qué llama usted lo principal?