—Al tesoro.
—¿Lo principal el tesoro? ¡Ay Dios mío! Me temo que desde hace media hora estoy predicando en desierto.
—¿Cree usted que el tesoro es una patraña? Dígalo en seguida... y no pensaré en él más.
—Mi opinión,—respondió Antonia pausadamente,—es que el tesoro existe.
—¡Ah!—gritó Gastón, viendo ya relucir el oro y fulgurar las pedrerías.
—¡Que existe... y que no debe usted buscarlo!
—¿Cómo es eso?—interrogó Gastón sorprendidísimo, aunque iba acostumbrándose á la originalidad de su consejera y amiga.
—Verá... Primero le diré por qué supongo que existe el tesoro. No cabe ni dudar que existía cuando su bisabuelo de usted escribió el documento y trazó el plano encerrado en la caja de plata. Un padre no engaña á su hija querida desde el lecho de muerte. El relato de doña Catalina tampoco es quimera de su imaginación debilitada por la edad: lo que le contó á usted está de acuerdo con lo que sabe Telma y consta por tradición,—la quema de papeles, el desafecto de don Martín á su hijo, su preferencia por la hija que le acompañaba.—Desde que eso sucedió han pasado sesenta años, y ha estado el castillo en poder de mayordomos y caseros. Ninguno de ellos se ha hecho millonario ni ha derrochado caudales: luego ninguno ha descubierto el tesoro...