—¿Y Lourido?—interrumpió Gastón.
—Ya llegamos á Lourido... Verdad que pasa aquí por rico, y lo es hasta cierto punto, porque chupó como una sanguijuela los bienes de la casa y prestó á réditos, y compró á desprecio explotando á los infelices; pero así y todo, la riqueza de Lourido es riqueza de aldea, la hemos visto crecer y sabemos de dónde procede: si hubiese encontrado el tesoro prosperaría de golpe, y se marcharía de aquí, porque su mujer y su hija Flora rabian por volar á otras esferas... ¡Tampoco Lourido ha encontrado el tesoro, aunque bien lo buscó!...
—¿Que lo ha buscado?—preguntó Gastón estremeciéndose al ver confirmadas sus sospechas.
—Ya lo creo... Yo trato poco á lo que aquí se llama señorío, pero hablo muchísimo con los aldeanos... y ellos, á su manera, todo lo husmean y todo lo saben. En esta comarca, el secreto del tesoro es un secreto á voces. Lourido ha practicado varias excavaciones ocultamente, y las gentes piensan que lo que busca son las joyas que la Reina mora llevó al sepulcro. Me he reído de esas joyas y de la credulidad de los labriegos mil veces, porque no sabía lo que usted acaba de confiarme. Hoy comprendo que Lourido tenía olfato. Que por ahora nada consiguió encontrar, me lo prueba además otra razón: el empeño que demuestra en hacerse con el castillo de Landrey. Dueño del castillo, lo arrasará y no parará hasta acertar con el tesoro, que le trae loco de codicia.
—Bien, Antonia; todo eso está divinamente deducido, lo que no parece es la razón de que yo no realice, en uso de mi derecho, lo que no consiguió Lourido,—exclamó Gastón respirando.
—La razón... ¡Ay! ¡y qué empedernido está usted; qué difícil va á ser que usted se enmiende!—declaró la viuda con pena y hasta con cierto tedio, que mortificó á su amigo.—La razón es que el tesoro supone para usted lo desconocido y lo fantástico, el golpe de varilla de las comedias de magia, la suerte que nos coge dormiditos y nos echa encima los bienes como podría echarnos un cubo de agua... ¡Valiente gracia haría usted si descubriendo el tesoro repusiese su caudal! ¡Valiente hombrada! Después de todo, el caudal es lo que menos importa. Su alma de usted, su conducta, su regeneración por el trabajo y por una vida que no redunde en daño y en perversión de usted mismo y también de los demás, es aquí lo que interesa, al menos á mi parecer... y habíamos quedado en que yo era el juez de este litigio... ¿ó se vuelve usted atrás?
—No,—respondió Gastón enérgicamente, con involuntario esfuerzo.—Á usted me encomiendo, y se me figura que he comprendido bien sus indicaciones y que las voy á seguir de tal manera... que usted misma se admirará.
—¡Quiéralo Dios! Pues, siendo así, el tesoro,—lo repito,—significa para usted algo insano, una especie de lotería con que cuenta para remediar males que causó su imprevisión y su vida loca. Si aspira á que yo le estime... dejará en paz el tesoro. Esas cosas que se deben al azar, se agradecen cuando el azar quiere enviárnoslas, pero no se buscan; buscarlas sería seguir las huellas de Lourido... y usted no ha de proponerse tal modelo.
Gastón calló. Sentíase subyugado por aquella mujer animosa, en quien tenía que reconocer la superioridad del criterio y la firmeza de la voluntad. Este sentimiento iba acompañado, preciso es reconocerlo, de cierta humillación. No podía dudar que Antonia manifestaba ideas dignas de un hombre, y que todo aquello debería él haberlo discurrido antes, en vez de dormirse al arrullo del goce y en el seno de la pereza y la indolencia.