—¡Qué lección me está dando!—pensaba.—¡Parece que veo en un espejo la cara del ser más inútil de la tierra! ¡Pero yo le demostraré á Antonia que también, cuando llega el caso, sé dominar las circunstancias! Y á fe que he de averiguar si la que me administra estos sabios consejos tiene en ese cuerpo tan sano y tan hermoso algo que se parezca á un corazón... Porque hasta hoy, al menos para mí, se me figura que no existe en Antonia tal víscera.

Mientras la ingratitud y la fatuidad dictaban al mal convertido Gastón semejantes reflexiones, Antonia, como si quisiese confirmar la opinión de su amigo acerca de su despego é insensibilidad, añadió:

—Ya he dicho á usted cuanto se me alcanza acerca de su situación actual. Si usted es capaz de penetrarse bien de todo ello, no necesita que insista; y si no... cuanto yo porfiase sería machacar en hierro frío. Creo que usted no gustará de machaquerías. Además, á un hombre de la edad de usted... no se le lleva de la mano. Si quiere hacerme á su vez un favor, evitar que mi nombre ande en lenguas, dejará de venir definitivamente. La malicia grosera de las aldeas no sé si es más terrible que la malicia sutil é ingeniosa de los pueblos grandes. Si usted es sincero conmigo, me confesará que tiene motivos para darme en esto la razón.

—Es cierto, Antonia,—contestó noblemente el señorito de Landrey.—Aún hoy á la salida de misa, unas bocas pecadoras... Pero, en último término,—añadió dejándose llevar del atractivo poderoso que sobre él ejercía Antonia,—¿qué nos importa? ¿Quién tiene derecho á fiscalizarnos? ¿No somos libres?

—Nadie es libre...—tartamudeó Antonia, cuya voz temblaba,—y usted menos que nadie. ¡Tiene usted que levantar su casa y su apellido! Á esa tarea, dedique usted todo el tiempo, toda la energía de que sea capaz. Venir aquí es una distracción como otra cualquiera. No conviene que usted se distraiga... Y por último, yo deseo que no venga... y usted debe respetar mi deseo.

—Lo respetaré, Antonia; se lo prometo, ya lo verá,—contestó él con un tono que parecía frío, y no era sino el velo de un despecho profundo y doloroso.

La tarde última que Gastón pasaba en el jardín de la quinta se acabó tristemente. Antonia se esforzaba por reanimar la conversación, pero el señorito de Landrey se había encerrado en un mutismo displicente. Cuando se retiró, apenas estrechó la mano de su consejera; á Miguelito, en cambio, le apretó contra el corazón y le besó arrebatadamente en los ojos.


XII
Táctica y estrategia