Gastón cumplió su promesa de ir á comer al día siguiente con la familia de Lourido; acogiéronle al pronto con cierta hostilidad, pero la escena cambió, aun no bien el señorito de Landrey, sentado á la izquierda de Florita, armó con la muchacha una escaramuza de coqueteos, tan marcados, que extrañaron á Concha y regocijaron al Alcalde y á la Alcaldesa. Saltaba á los ojos: ¡el señorito cortejaba á la niña! ¡Y qué bien se insinuaba, y cómo sabía asestar los tiros, y de qué expresivo modo manifestaba la impresión producida por la belleza de Flora! Ésta, de puro engreída, no tocaba á los platos: y Concha, con su buen humor invencible, la soltó esta pulla en seco:

—¿Qué santo es hoy, Flora? Como veo que ayunas al traspaso...

No por eso recobró el apetito la interpelada; tal era su embeleso al recibir las ojeadas incendiarias y las atenciones constantes de Gastón, que al servirla, al bromear con ella, adoptaba lánguidas actitudes de galán deseoso de disimular su inclinación y que no lo consigue. Sofocada bajo la espesa capa de polvos de arroz, Flora comparaba al juez municipal con aquel apuesto y arrogante caballero, cuyos modales respiraban distinción y desenfado gracioso, cuya ropa trascendía á no sé qué perfume tenue y fino, y que era además el señorito, el dueño de Landrey, el personaje más eminente que había encontrado en su camino, un ser distinto de los otros... También al Alcalde le chispeaban los ratoniles ojillos. ¿No era aquello, aquello mismo, lo que él se había atrevido á soñar, un día en que recontaba su ya orondo peculio... pero como se sueña el golpe más inesperado de la suerte, que puede venir y sin embargo, juraríamos que no vendrá? ¡Florita señora de Landrey! ¡Qué diablo! ¡Para eso ha exprimido el padre el limón del préstamo; para eso ha bebido el sudor de los braceros y las lágrimas de los huérfanos y las viudas; para eso sabe hacer que, en el plazo de un año, una onza se doble y arroje á la partida del haber treinta y dos duros!

Al terminarse la comida, Flora dió señales de querer arrastrar á Gastón á la senda de perdición del piano; pero el señorito de Landrey, como quien realiza un esfuerzo, rogó á Lourido que le concediese una entrevista, para hablar de negocios. Encerráronse en el despacho, y Gastón, con abandono lleno de confianza, enteró á don Cipriano de lo que le sucedía.

—Al encontrarme, don Cipriano, con que le debo á usted cinco mil duros... ó tal vez más... quisiera pagárselos inmediatamente, bien lo sabe Dios, pero si no saco á subasta las tierras y el castillo, lo cual dice usted que sería un desacierto...

—¡Un sin pies!—exclamó el usurero, que creía decir un ciempiés.

—Bueno, si yo lo creo también...—declaró Gastón con ingenuidad.—Pero repito que, á no cometer ese sin pies... no sé cómo arreglarme. Resulta que, en Madrid, mis asuntos están peor que aquí todavía. Se me figura que no ha tenido acierto mi apoderado, el señor de Uñasín, sujeto por otra parte honradísimo... y que me ha metido en un lío muy gordo. Y como usted es tan inteligente, vengo á consultarle... ¿Quiere usted enterarse de este legajo?

Contenía el legajo los estados de cuenta y los comprobantes remitidos por Uñasín para su revisión y aprobación, y que el señorito de Landrey había recibido en uno de los últimos correos, acompañados de una carta muy melosa, en que el buitre solicitaba que se le devolviesen cuanto antes legalizados y en forma, «al objeto de aplacar á los acreedores, que están venenosos.» Lourido, con rapidez febril, tomó aquel mazo de papeles, y empezó á examinarlo hoja por hoja, apasionadamente.