—Si quisiera usted enterarse despacio...—dijo con indiferencia Gastón,—la verdad... como me aburre todo esto de los negocios... preferiría que usted se batiese ahí con esos mamotretos... y yo me volvería á la sala... ¡He dejado á sus hijas con la palabra en la boca!... Antes de subir á Landrey, volveré á ver qué ha sacado usted en limpio...
Y con el aire del que consigue sacudirse una mosca, corrió á la sala, mientras Lourido se restregaba las manos de gozo...
Cuando Gastón, al anochecer, se presentó otra vez en el despacho, Lourido le acogió con una explosión de indignación exagerada y de satisfacción irónica; y riendo y gruñendo á la vez, exclamó:
—¡No es mal punto filipino el apoderado general! ¡Honradísimo... sí, buena honradez nos dé Dios! ¡Yo ya me lo había tragado, por cosas que me pasaron con él; pero no creí que gastase tanta envilantez! ¡Amañados le ha puesto los asuntos, señorito... amañados! Ni una madeja dada al gato...
—¿De modo que... estoy arruinado sin remedio?—preguntó Gastón.
—¡Quiá! ¿Me chupo yo el dedo? Si me deja estudiar este protocolo unas horitas más... le diré cómo ha de hacer para empezar á salir del pantano. Las cosas es menester darlas cinco vueltas. Al principio todo parece el mundo universal, y después resulta una cunca de mijo menudo.
—Verá usted,—dijo Gastón con el mismo abandono.—Á mí ya se me había ocurrido que aquí podía haber mácula... sólo que no sabía cómo defenderme. Y, la verdad: hoy sentiría quedar pobre; estoy cansadísimo de la vida de soltero, y deseo establecerme aquí, en este país tan precioso, en esa casa vieja de Landrey, que usted sostuvo y yo quisiera arreglar... Una mujer sencilla, una joven linda y honesta, ajena á los engaños y á las locuras de la corte...—añadió como absorto y hablándose á sí mismo.—¡Pero casarse sin tener pan!... No. Lo que haré, si no puedo salvar nada de mi hacienda, será irme á cualquier parte con un destino que me den mis amigos de Madrid...
—¡Jesús, señorito! Déjeme á mí, guíese por mí, que le aseguro que hemos de salir avante... Esta noche me peleo con los papeles, y mañana venga aquí, que le diré...
—Pensaba venir de todos modos, porque sus hijas de usted quieren que demos un paseo y que nos embarquemos á pescar panchos...—respondió Gastón con alegría descuidada, propia de un muchacho de diez y seis años á lo sumo.