—¿Quién soy?

—¡Gastón, Gastón!—chilló el niño desprendiéndose y volando hacia la casa.—¡Mamá! ¡Está aquí Gastón!

Antonia Rojas tardó poco en aparecer: Gastón la saludó con efusiva alegría, y la miró á la cara fija, larga y tiernamente, encontrándola desmejorada y delgada, como persona que ha sufrido.

—¿Ha estado usted enferma?—preguntó afanosamente el señorito de Landrey, dirigiéndose al sitio donde acostumbraban charlar, á los asientos cerca de la fuente.

—Enferma, no...—respondió débilmente Antonia, que sin embargo hablaba con voz quebrantada y tenía apagada la claridad de sus hermosos ojos y el antes vivo carmín de su encendida boca.—Es un poco de debilidad, ó yo qué sé... En resumen, nada. Vamos á ver, hábleme usted de sus asuntos... Vuelve usted de Madrid... Supongo que ha arreglado algo... No habrá perdido el tiempo...

—¡Antonia, Antonia!—respondió Gastón que parecía enajenado.—Sí, lo he perdido... He perdido todo el tiempo que transcurrió entre este día y aquel en que usted me desterró de su casa... He perdido todo el tiempo que no pasé cerca de usted..., pero he de enmendarme ¡vive el cielo! y ahora será preciso que usted me permita estar á su lado... por... por largos años... ¿Quiere usted?

La palidez de Antonia se convirtió en un rubor vivísimo; cayó sobre sus ojos garzos la cortina sedosa de sus párpados, y sólo la agitación de su seno respondió á la apasionada pregunta del señorito de Landrey.

Rehaciéndose al fin, pudo articular no sin mucha confusión y vergüenza:

—No entiendo... ¿De qué se trata? ¡No creo que pague mi amistad con una ofensa ni con una chanza de mal gusto!

—¿De qué se trata? ¡De que si antes me alejó usted por evitar que nuestra amistad escandalizase á estas buenas gentes, hay un medio de que mi presencia aquí, en vez de escandalizar, edifique! ¡De que todos la comprendan, la aprueben y la envidien quizás!... Antonia, ¡cuánto tiempo hace que sabe usted lo que ahora está oyendo!