La viuda, con poderoso esfuerzo, se serenaba completamente. Sin necesidad de poner la mano sobre el corazón, había aquietado sus latidos mediante uno de esos actos de voluntad, cuyo secreto poseen las naturalezas enérgicas y resignadas á la vez. Su animosa y franca sonrisa volvió á jugar en la boca expansiva y grande y en los ojos garzos que se fijaron tranquilamente en los de Gastón, candentes de entusiasmo y de brío juvenil. Y revelando en su voz calma y dignidad, contestó despacio:

—Hace tiempo que sé que usted... ha visto en mí algo más... ó algo menos que una amiga... y por eso le rogué que no menudease las visitas, y, últimamente... es decir, mucho antes del viaje... que las suprimiese por completo. Aun cuando usted no demostrase... tanta complacencia en venir, le hubiese rogado lo mismo, por mil razones de prudencia. Pero... después de que usted, á ruegos míos, se alejó de aquí... ¡han sucedido muchas cosas!

—¿Á usted, Antonia?—interrogó Gastón con ansiedad.

—Á mí, no. Yo he seguido mi vida de siempre. Á usted...

—Es cierto,—declaró él tranquilizado.—Mi suerte ha cambiado por completo de faz, y á usted lo debo, ¡Antonia del alma! Me creía pobre, arruinado, hasta cargado con deudas mayores que mi haber... y gracias á sus discretos consejos, á sus sabias lecciones, me encuentro dueño de gran parte de ese caudal que juzgaba perdido, y lo que es mejor, libre de trampas y ahogos, sin depender de nadie para nada. Esto sólo ya sería deber á usted un beneficio inmenso... ¡Pues falta lo mejor, el mayor bien que usted me ha dispensado! Yo era un hombre inútil, un ocioso vividor, que si no tenía los instintos del vicio, había adquirido los hábitos de disipación que conducen á él insensiblemente. Usted me ha despertado, me ha iluminado y me ha hecho reflexionar sobre mi propio destino. Me he visto y me he avergonzado de verme. Me he comparado con usted y me he sonrojado de quererla valiendo tan poco. Me he propuesto merecerla á usted cambiando de vida y de costumbres. Hoy podría volver á mis antiguas mañas; con lo que he salvado del naufragio tengo para reingresar en las filas de la vagancia elegante. En vez de hacerlo, me vengo á Landrey á restaurar la vieja casa de mi familia, no por vanidad, sino para conseguir, ayudado de usted, practicar el consejo de mi madre, y ser solamente depositario de mi riqueza...

Escuchaba Antonia con la mirada brillante, los labios entreabiertos como para beber el maná de aquellas deliciosas palabras: su expresión era de felicidad profunda, incontrastable. Sin embargo, un pensamiento que cruzó por sus ojos los oscureció repentinamente. Afirmando con trabajo la voz que la emoción enronquecía, preguntó:

—¿Cómo ha salvado usted su hacienda? Deseo saberlo. ¿De qué medios se ha valido usted para poner á Lourido suave como un guante?

Algo confuso, Gastón se preparó á entonar el mea culpa.

—Antonia, voy á ser con usted enteramente leal... porque ya la considero á usted como á mi propia conciencia... Cuando la pedí su parecer y usted me trazó con tanto acierto mi línea de conducta, al pronto me sentí un poco chafado... sí, chafado, es la verdad... viendo que una mujer me daba tal lección... Puede ser que este mal sentimiento no durase un minuto, si usted no me ordena, á renglón seguido, que no aportase por aquí... Esta orden, ¡cuyas razones comprendo! hirió mi amor propio: yo creía que usted debía sentir algo por mí, aunque sólo fuese una amistad tierna... y tanta entereza y tanta frialdad me irritaron... En fin, salí de aquí contrariado y con ganas de hacer á usted sufrir en su vanidad de mujer... para averiguar si me quería un poco... ¡Ya ve si hay en mí fondo de tontería y de malos instintos!... Me propuse que usted rabiase... y al mismo tiempo... ¡que me tuviese por listo y por mozo de muchas camándulas! ¿No se ríe usted? Pues lo cuento para que se ría, no para que se contriste...