—No me puedo reir,—murmuró Antonia.

—Bastante castigo me impone usted con eso... Abreviando: me metí en casa de Lourido mañana y tarde, y mientras el padre empezaba á desenredar las trapisondas de allá, y me imponía de cómo era fácil salir de la trampa en que había caído, la hija... se figuró... se persuadió de que...

—¡De que usted se casaba con ella!—prorrumpió Antonia como á su pesar y no acertando á reprimirse.—Y lo pensó todo el país, y se dió por hecha la boda...

—¡Antonia,—afirmó Gastón seriamente,—mi falta no es tan grande como usted supone!... Ahora conozco que no procedí con entera caballerosidad, y que no todos los medios son buenos para empleados; indudablemente, si Lourido no se imaginase que yo pretendía á su hija, no se tomaría el interés extraordinario que se tomó en arreglar mis asuntos...

—Esté usted cierto de ello. Usted tuvo la triste habilidad de engañar á ese bribón y también á su hija, á una mujer... Ahí está un consejo que yo no le había dado.

—¡Es usted severa y cruel!... Antonia, puede usted creerme bajo palabra de honor; no he dicho jamás á Flora una palabra ni de amores, ni de casamiento. Lisonjas, bromas, piropos, tonterías, acompañarla, sí; otra cosa, no ciertamente. Esa familia, desde el punto y hora en que me vió y supo mi ruina, que para ellos era todavía prosperidad, soñó que me casase con Flora, y su obcecación se explica; todo lo convirtieron en substancia.—Reconociendo que estaba en deuda con don Cipriano de las enseñanzas que me dió y de la labor fina que hizo para romper la telaraña de Uñasín, le he firmado en un barbecho sus cuentas, que en menor escala eran dignas de las del otro, ¡una gazapera! y en el acto de firmarlas, como he enajenado fincas y tengo dinero disponible, le he pagado duro sobre duro los seis mil que se lleva de bóbilis... Además, pienso enviar á Concha un relicario y á Flora un bonito brazalete... ¡que no es el de esponsales, porque ese... ese, aquí lo tengo! y le pido á usted que sea buena y lo acepte en seguida ¡en prueba de que me perdona!

Con un movimiento gracioso, Antonia rechazó el delgado aro de oro en que se engastaba una gruesa perla, y contestó tratando de disimular lo vivo de sus sentimientos:

—Gastón, no hay resolución impremeditada que no se llore después... Deme usted tiempo de reflexionar, y de reflexionar á solas, consultándome á mí misma... Algún castigo merece la travesura de usted con Flora... Le impongo ocho días de extrañamiento. Vuelva usted el domingo que viene...

—¡Qué barbaridad!—gritó Gastón.—¡Ocho días! Antonia, no voy á tener paciencia... ¿Por qué me sujeta usted á tal cuarentena, si se ha conmovido usted al verme entrar en el jardín? ¡Se ha conmovido usted! ¡Lo he visto! Y nada; como es usted una cabeza de hierro, no valdrá que yo pida misericordia...