—No valdría,—respondió Antonia dulcemente.—Es preciso que conozca usted bien mis defectos, y se convenza de mi testarudez. Así no irá engañado.
—Pero me voy á aburrir mucho,—declaró Gastón.
—La gente sensata y laboriosa no se aburre jamás,—dijo sonriendo ella.
—Pues á lo menos,—imploró Gastón viendo al niño que se acercaba dando vueltas á una cuerda que hacía restallar como un látigo,—hágame usted un favor muy grande... Envíeme mañana á Miguelito á pasar conmigo el día... Le prometo á usted que no le mimaré ni le levantaré de cascos... Le daré de comer cosas sanas... Cuidaré mucho de que no se rompa la cabeza en los escombros... ¿me promete enviármele?
—Bien, irá Miguelito... No me le vuelva loco...—exclamó festivamente la madre.