Loco ya, pero de contento, llegó el niño á Landrey á cosa de las once, acompañado de Colasa, encargada también de recogerle antes del anochecer, y á quien Gastón hizo extensivo el convite, encomendando á Telma que la obsequiase cumplidamente. Á medio día se sirvió el almuerzo, y Miguelito, estimulado por la caminata y la novedad, lo encontró todo de ángeles; fué preciso que Gastón le contuviese, para que el festín no parase en cólico. Después de comer recorrieron las habitaciones del Pazo y las ruinas del castillo, sin olvidar la vetusta torre en que se conocieron, y donde Gastón, en un arranque de sensibilidad, besó al niño subiéndole en brazos; mas como las tardes de verano son largas, y Gastón deseaba que su convidado no se aburriese un minuto, preguntóle:

—¿Qué quieres hacer ahora? ¿Quieres pasear? ¿Quieres que volvamos á casa, á ver las estampas del álbum?

—Quería,—declaró misteriosamente Miguel,—buscar el nido de la comadreja. Sé dónde está, y mamá no me deja volver allí, porque las piedras resbalan mucho.

—¿Es junto al río?

—En el mismo río... Tú no tienes miedo, ¿eh?

—No, mi vida... ¿Y tú, yendo conmigo, tampoco lo tendrás?

—¡Buena gana! Sin tí no lo tengo... ¡figúrate los dos! Mira, llevemos palos... las piedras resbalan,—repitió Miguel, que en realidad sentía una especie de terror atractivo al pensar en el resbaladero.

Preparáronse á la expedición, y Gastón guardó en el bolsillo pastas y un vaso, para merendar y refrigerarse á orillas del río. Echaron á andar con buen ánimo, pero ni uno ni otro sabían el camino, y al primer chicuelo aldeano que encontraron le comprometieron á que sirviese de guía para llevarles al sitio, llamado, según informes de Miguel, ó Paso da cova,—el Paso de la cueva.—El muchacho, que se dedicaba á apacentar unas mansas vaquitas, se ofreció á ponerles en dirección del río, volviéndose después, por no separarse del ganado. Orientóles en efecto, y Gastón comprendió que ya no necesitaba más, pues la bajada al río no ofrecía dificultad seria, y una vez en la orilla, todo se reducía á seguir derecho, hasta llegar al resbaladero famoso.

No era difícil la bajada al río, en el sentido de que se veía por donde realizarla; mas lo empinado y agrio del monte hacía el sendero casi impracticable: equivalía á despeñarse cabeza abajo, y la seca rama de los pinos, llamada en el país espinallo, aumentaba el riesgo, haciendo resbaladiza la estrecha vereda, buena sólo para las cabras, si allí las hubiese, que no las hay. Miguelito reía á carcajadas, agarrándose á Gastón que le sostenía cuidadosamente; y la risa se convirtió en convulsión cuando el señorito de Landrey, en uno de los sitios más peliagudos, cayó de espaldas, sentado, y se levantó todo cubierto de espinallo, sacudiéndose y exagerando la queja, para que el chico exagerase la alegría...

Cuando llegaron á la margen del río, no por eso fué la empresa menos ardua. Al contrario: por allí no había camino practicable, ni estrecho ni ancho, ni malo ni bueno, y era preciso saltar por cima de agudos pedruscos, ó abrirse paso difícilmente entre carrascas y aliagas que picaban las piernas. En algunos sitios, lo tajado de la orilla y la estrechez del lugar en donde con gran trabajo se podía sentar la planta, ocasionaban verdadero peligro, y Gastón, temeroso de una desgracia, tomaba á Miguelito en brazos y le obligaba, á pesar de su resistencia, á dejarse conducir fuera del atolladero. El chico protestaba, jurando que por allí había pasado él con su madre, los dos á pie, y «divinamente.» Llegaron á un sitio tan propio para romperse las vértebras, que Gastón sentía impulsos de desandar lo andado y enviar enhoramala la expedición y el Paso da cova, donde, después de todo, no habría más que unas lajas resbaladizas como si de jabón las untasen; pero el chico era tan resuelto defensor de que se terminase la hazaña gloriosamente, y Gastón se sentía ya tan padrazo, que no hubo remedio sino salvar, medio á gatas, el sitio empecatado, del cual salieron con las manos arañadas y sangrientas. Al verse fuera del apuro, Gastón, respirando, miró alrededor, é hizo un movimiento de sorpresa, notando algo como involuntario y oscuro estremecimiento de todo su ser.