—¡Si no es posible humanamente!—calculaba.—¡Si no me cabe en la cabeza! Vamos á ver; yo no soy un vicioso; no he jugado sino por entretenimiento; no he tenido de esos entusiasmos por mujeres pagadas, en que se consumen millones sin sentir. ¿Qué hice, en resumidas cuentas? Vivir con anchura; pasarme largas temporadas en el extranjero, sobre todo en el delicioso París; comer y fumar regaladamente; divertirme como joven que soy; pagar sin regatear buenos cocheros y caballos de pura raza, cuentas de sastre y de tapicero, de joyero y de camisero, de hotel, de restaurant... Todo ello, aunque se cobre por las setenas, no absorbería ni la tercera parte de mi caudal... oh, eso que no me lo nieguen. ¡Aunque me lo prediquen frailes descalzos! Me sucede lo que á la persona que ha dejado en un cajón una suma de dinero, no sabe cuánto, pero volviendo á abrir el cajón nota que hace menos bulto, y dice: «Gatuperio...»

Aquí Gastón suspiró, abrazó la almohada buscando frescura para las mejillas, y pensó entrever, como filtrado por las cerradas maderas de las ventanas, un rayito de luz.

—El caso es que yo fuí bien prudente. De imprevisor nadie podrá tacharme. ¿Á quién mejor había de confiar mis negocios, y la gestión y administración de mis bienes, que á don Jerónimo Uñasín? Un viejo tan experto, con tal fama de seriedad y honradez en los negocios; y además, de una condición encantadora; nunca le pedía yo con urgencia dinero, que á vuelta de correo no me lo girase sin objeción alguna... En lo que no tiene disculpa don Jerónimo, es en no haberme avisado de que mis gastos eran excesivos; de que á ese paso me quedaba como el gallo de Morón...

Al hacer reflexión tan sensata, por primera vez el incauto mozo sintió algo que podría llamarse la mordedura de la sospecha y el aguijón del reconcomio. Evocó el recuerdo de la cara de don Jerónimo y se le figuró advertir en ella rasgos del tipo hebreo, la nariz aguileña, de presa, la boca voraz, los ojos cautelosos y ávidos... Las palabras de su madre resonaron de nuevo en su corazón olvidadizo: «No he fiado á nadie lo que pude hacer yo misma...»

Al cabo se durmió. Á las seis, obedeciendo órdenes, Telma vino á despertarle de un sueño agitado, lleno de pesadillas; arreglóse á escape, y á las siete menos cuarto conferenciaba con don Jerónimo. Más de una hora duró la entrevista, de la cual salió Gastón con la sangre encendida de cólera y el espíritu impregnado de amargura. La venda se había roto súbitamente y Gastón veía,—¡á buena hora!—que aquel tunante de apoderado general era el verdadero autor de su ruina.

Á preguntas, reconvenciones y quejas, sólo había respondido don Jerónimo con hipócrita y melosa sonrisilla, que provocaba á chafarle de una puñada los morros.

—¿Qué quería usted que hiciese?—silbaba el culebrón.—¿Pues no estaba usted pidiendo fondos y fondos á cada instante? ¿Pues no era usted mayor de edad, dueño de sus acciones y sabedor de á cuánto ascendían sus rentas? Usted, desde París, libranza va y libranza viene, y Jerónimo Uñasín teniendo que dejarle á usted bien, y que buscar y desenterrar las cantidades aunque fuese en el profundo infierno... ¡Bien me agradece usted los apuros que he pasado, las sofoquinas, las vergüenzas, sí, señor! ¡que vergüenza y muy grande es, á mis años, andar solicitando á prestamistas y aguantando feos! Todo lo he hecho, por ser usted hijo de los señores de Landrey, que tanto me apreciaban... Ahora conozco que me pasé de tonto, que debí cerrarme á la banda y contestarle á usted cuando me pedía monises: «otro talla, señor mío...»