—Pero usted bien veía que yo me quedaba pobre,—exclamaba Gastón con indignación apenas reprimida,—y debiera usted, como persona de más experiencia, aconsejarme, llamarme la atención, advertirme... Yo le dí á usted poder ilimitado... Yo tenía depositada mi confianza en usted.

—¡Sí, sí, advertir! ¡Bonito recibimiento me esperaba! Ya sé yo lo que son jóvenes contrariados en sus antojos... Y además, don Gastoncito, ¿quién me decía á mí que al echar así la casa por la ventana, no preparaba usted una gran boda? Hay en París señoritas de la colonia americana, que apalean el oro... ¡Es preciso respetar muchísimo, muchísimo la libertad de cada uno! y lamentaría toda mi vida que por mí fuese usted á perder la colocación brillante que se merece...

—Téngame Dios de su mano,—pensó Gastón al escuchar esta nueva insolencia, y conociendo que se le subía á la cabeza la ira, y las manos se le crispaban ansiosas de abofetear al judío.

Al fin, con violento esfuerzo sobre sí mismo, revolviendo trabajosamente la lengua en la boca seca y llena de hiel, pronunció:

—Bien, cortemos discusiones, que á nada conducen; al grano... ¿Me queda algo, lo preciso para comer?

Vaciló un instante don Jerónimo, y afectó un golpe de tos, ruidosa y como asmática, antes de responder, fingiendo fatiga:

—Mire usted, lo que es eso... hasta que... ¡bruum! hasta que... yo... reconozca... y liquide... ¡bruum!... los créditos... y se proceda... á la venta de... de las fincas hipotecadas... es imposible decir si el... ¡bruum! pasivo... supera al activo... Acaso tengamos déficit... pero ¡bruum! ej... ej... no será muy grande...

—¿Es decir,—preguntó Gastón con temblor de labios,—que aún podrá suceder que después de venderlo todo... deba dinero?

—Ej, ej... calculo que una futesa...