No quiso oir más Gastón. Tomando su sombrero, despidióse con una frase bronca, y abandonó el nido del ave de rapiña á quien tarde veía el pico y las garras. En el recibimiento, mientras recogía sombrero y bastón, no pudo menos de fijarse, con penosa y estéril lucidez, en detalles que le sorprendieron: un soberbio mueble de antesala tallado, un rico tapiz antiguo, una alfombra nueva y densa como vellón de cordero, un retrato, escuela de Pantoja, una lámpara de muy buen gusto. Parecía la entrada de una casa señorial, y al acordarse de que antaño don Jerónimo se honraba con alfombra de cordelillo y sillas de Vitoria, Gastón se trató á sí mismo de majadero, no sin reprimirse para no emprenderla á palos con los muebles y con el dueño en especial...

Volvió á su morada á pie, devorando la pesadumbre, queriendo sobreponerse á ella, y sin conseguirlo. Telma, solícita, le había preparado una comida de sus platos predilectos; pero no estaba la Magdalena para tafetanes, ni Gastón para apreciar debidamente el mérito del puré de alcachofas, los langostinos en pirámide y las costilletas de cordero delicadamente rebozadas en salsa bechamela.

—Hija, es preciso que me vaya acostumbrando á las lentejas y al pan seco,—respondió con un humorístico alarde cuando la vieja criada, llevándose la fuente, preguntaba con inquietud, si era que ya «tenía perdida la mano.»

Y la fiel servidora, antes de cruzar la puerta, clavó en su amo una mirada perruna é inteligente, una mirada que se condolía...

Vestido el frac, después de comer, Gastón dedicó la noche á intentar ver á dos ó tres personas de quienes esperaba consejo y auxilio. Á ninguna encontró en casa, y sería caso raro que lo contrario acaeciese en Madrid, donde la noche se consagra á círculos, teatros y sociedades. Rendido, harto de dar tumbos en el alquilón, se recogió á las doce y media. Una gran desolación, un pesimismo mortal le agobiaban, poniéndole á dos dedos de la desesperación furiosa. Sin duda que al siguiente día le sería fácil encontrar en casa, amables y sonrientes, á sus noctámbulos amigos; pero ¿qué sacaría de ellos? Á lo sumo... buenas palabras... ¡Ni Daroca, el bolsista; ni el flamante marqués de Casa-Planell, el riquísimo banquero; ni Díaz Carpio, el actual subsecretario de Hacienda; ni mucho menos el gomoso Carlitos Lanzafuerte, iban á abrir la bolsa y ponerla á disposición del tronado!... (Tan feo nombre se daba á sí propio Gastón).

Al dejar Telma sobre la mesa de noche la bebida usual, la copa de agua azucarada con gotas de cognac y limón, mientras Gastón, inerte, yacía en la meridiana, esperando á que se retirase la criada para empezar á desnudarse, ésta dijo no sin cierta timidez, el recelo de los criados que ven á sus amos muy tristes:

—Señorito... anteayer mandó á preguntar por usted la señora Comendadora. ¿No sabe? Su tía, la del convento... Que si había vuelto ya de Francia... y que deseaba verle... Que cuando viniese, por Dios no dejase de ir, sin tardanza ninguna...

—¡Bien, bien!—contestó él impaciente.

Así que apagó la bujía y se tendió en la cama, la arcaica figura de la Comendadora se alzó en la oscuridad. Abandonado de todos Gastón, un instinto le impulsaba á buscar arrimo y consuelo, á desear comunicarse con alguien que le compadeciese y le amase de veras. Y su tía abuela, la Comendadora, era la única parienta cercana que tenía en el mundo.