—Esta es la mía. Ahora verás, gata hipócrita, maulona, farsanta.

VII

ENTRÓ el comandante, vestido de paisano, metiendo bulla con la sobrinita, que era su ojo derecho, y trayéndola cogida de la cintura, como si fuesen á bailar un vals. En cambio, en el saludo que hizo á su hermana pudo notar doña Aurora esa sequedad muy parecida al desvío, que á veces consigue disimularse respecto de los indiferentes, pero nunca en familia. Después de las fórmulas y cumplimientos de rigor, la señora de Pardiñas, que no desmentía su raza en punto á diplomacia y tenacidad, insinuó como aquel que no quiere la cosa:

—Vaya, les dejo á Vds. Al fin no consigo saber lo que deseaba, y para eso... Su hermana de V. es reservadísima, señor de Pardo.

—A fe que no lo creí,—contestó redonda y duramente el artillero.

—Pues mire V., cada uno habla de la feria según le va en ella. Conmigo ha mostrado una prudencia... atroz.—Y, sin atender al gesto y la mirada de Rita, continuó impávida:—Un cuarto de hora hace que le pido informes de una chica paisana nuestra, Esclavitud Lamas, la sobrina del abad de Vimieiro...

Pardo prestó oído, como el que escucha algo que le despierta memorias confusas.

—Aguarde V., aguarde V... Vimieiro... Lamas... Lamas Tarrío... Ese cura era íntimo de papá. Rita sabrá cuanto á él se refiere; lo sabrá al dedillo. ¿Qué reparo has tenido en decirle á doña Aurora?...

Un caricaturista que quisiese representar la dignidad burguesa en su más enfática expresión, debiera copiar el rostro y la flexión de cejas de Rita, que señalando á su hija mayor, casi sentada en las rodillas del comandante, exclamó con acento profundo:

—¡¡La niña!!