Rita Pardo sonreía con malignidad, al paso que estiraba los encajes de su manga izquierda, un poco abarquillados por el uso. Enarcó las cejas é hizo un mohín de difícil interpretación.
—¡Pst! Buenos antecedentes, es un término muy elástico, como V. comprenderá. Los buenos para unos son... medianitos para otros. En eso, hay quien hila más ó menos delgado. Si á V. le gusta tanto la chica...
—¡No, poco á poco!—exclamó alarmada ya la señora.—Para mí los buenos antecedentes son... los antecedentes buenos, sin más acá ni más allá. Sea V. franca y dígame todo lo que sepa, que á eso he venido; y ya con la espina que V. me clava, no tomo yo la chica, ni coronada de gloria, sin que V. me explique...
Volvió Rita á dar tormento á los encajes, y suspiró como quien se ve en aprieto.
—Aurora... hay cosas de esas que... que por muy públicas que sean, no puede uno tomar sobre su conciencia el descubrirlas. ¿V. no está en autos, eh? pues sería muy feo que yo la pusiese. ¿Que no llegó á oídos de V.? Mejor; ventaja para Esclavitud. Y puede V. tomarla, que á mí se me figura que resultará una excelente doncella.
—V. se guasea, Rita,—dijo la señora dando vado á su impaciencia creciente.—Me envuelve V. el asunto en el misterio, me hace V. de él una montaña, y luego me sale con que puedo recibir á Esclavitud. No, hija; en mi casa no se recibe á la gente así, sin más ni más. Aclare V. el enigma, y entonces...
Al llegar la entrevista á este terreno, adoptó Rita una actitud que hasta rayaba en desatenta. Se hinchó de nariz y de pecho, se hizo atrás y empezó á negarse, con el acento de la dignidad ofendida y del pudor lastimado.
Cuando después de agotar los razonamientos, doña Aurora obtuvo por seca respuesta un «Lo siento mucho, pero es imposible», la señora hubo de levantarse, no cuidándose de reprimir el mal humor que le producían aquellos impertinentes tapujos. Ya murmuraba con cólera: «V. perdonará que haya venido á molestar», cuando, después de un fuerte repique de campanilla y algunos gritos infantiles en el recibimiento, entró en la sala la niña mayor,—la zangolotina de doce años,—saltando de júbilo y exclamando:
—Mamá, mamá, tío Gabriel.
Entonces la viuda de Pardiñas, con repentina inspiración, se afirmó en el suelo calculando: