—Que pase á la sala... voy inmediatamente...—respondió desde alguna oficina interior, cocina ó despensa, una voz de mujer. Doña Aurora, sin esperar el permiso, se dirigía ya al salón, modelo cumplido de la cursilería mesocrática, rebosando pretensiones y sin un solo mueble sólido ni artístico. Había dos ó tres sillas de felpa de colores variados, una étagère con estatuitas de fundición, cacharros vulgares, y algún objeto de plata, sin ningún mérito, que sólo por ser de plata estaba allí; una alfombra de moqueta mal barrida; dos retratos al óleo del señor y de la señora, en óvalo, con traje dominguero, y otras ridiculeces semejantes. Conocíase que la sala se ventilaba y aseaba poco, y la alfombra daba evidentes indicios de haber en la casa criaturas menores.
Al cabo de diez minutos, apareció la señora del ingeniero, Rita Pardo. Venía acabando de abrocharse una bata demasiado lujosa, de raso azul pálido con encajes crema, por encima de la ropa interior, sucia del trajín casero: acababa de pasarse la borla de polvos, y le sonaban los brazaletes. Aunque ajamonada y algo desbaratada de cuerpo, ni la maternidad ni la madurez habían podido eclipsar su picante hermosura; pero la coqueta á quien conocimos poniendo el plano inclinado á su primo el marqués de Ulloa, se había transformado en matrona circunspecta y barnizada de una espesa capa de decoro, bajo la cual sólo el ojo lince del observador podía descubrir á la mujer verdadera, invariable, porque las almas se tiñen, se disfrazan, pero no se renuevan. Saludó cordialmente á la señora de Pardiñas, con aquello de «Tanto bueno, Aurora... ¡Jesús! En esta vida de Madrid, se van los meses y ni sabe uno de los amigos... Me coge V. hecha una visión... Las mañanas son terribles: las pierde uno en atender á chinchorrerías y á recaditos... Cuánto va á sentir Eugenio...»
Apenas dejó doña Aurora entrever el objeto de su visita, Rita Pardo suspendió la charla, y atendió con una curiosidad evidente, pintada en sus voluptuosos ojos negros y en su boca dura y fresca. Prolongada serie de gestos ambiguos y de risitas sospechosas fué preludio al siguiente comentario.
—¡Qué me dice V., qué me dice V.! ¡Esclavitud Lamas, Esclavitud Lamas! ¡La del abad de Vimieiro! ¡Ta, ta, ta, ta, ta! ¿Y cómo ha ido á batir con V. Esclavitud Lamas? ¿No es una chica rubia?
—No sé si es rubia. Lleva pañuelo negro que le tapa la cabeza. Viste de luto riguroso, muy aseada. La traza excelente.
—¡Vaya, vaya! ¡Conque Esclavitud Lamas, señor! ¡Mire V., mire V.! Sí, es, como decimos allá, muy moinita, muy modosa: habla tan pacato y tan suave que á veces no se la oye. Huele desde cien leguas á sacristía y á incienso. ¡Una santita mocarda!
Doña Aurora iba escamándose más de lo justo con este prefacio: resolvió, no obstante, disimular y apurar la verdad, toda la verdad, siquiera el descubrirla doliese á su corazón, interesado por la chica.
—¿Conque V. la conoce mucho?
—¡Jesús! Como á los dedos de las manos. ¡Si la conozco! Ese cura Lamas Tarrío era muy amigote de casa, ya antes de que papá le presentase para Vimieiro, cuando servía el otro curato en la montaña. Siempre le teníamos de huésped, y muy aficionado á hacer regalos: que manteca, que quesos, que huevos en Pascua, que en Navidad capones... Papá le apreciaba, porque en la montaña corrió bastante tiempo con la cobranza de las rentas. En fin, él era todo nuestro. A papá le debió también favores... favores gordos, doña Aurora.
—Bien: lo que yo deseo saber es lo referente á la muchacha. Si no tiene ningún mal antecedente, si puedo admitirla en mi casa... para mí será una satisfacción. No estoy contenta con la Pepa, y esta chica me ha entrado.