—¿Este señorito es su hijo? Por muchos años... Dios se lo conserve. Este no es de los hombres que yo decía. Por ahora es un rapaz.

Demudóse Rogelio como si le hubiesen dirigido el más atroz insulto. Para disimular quiso reir, y la risa se le atascó en la garganta. Preciso es consignarlo: hasta sintió como el ardor de una lágrima en los ojos. Fué uno de esos instantes de rabia insensata y profunda, que alguna vez ha de sufrir el varón cuya infancia se prolonga más de lo justo; instantes en los cuales se apetece, como el mayor bien, poseer el amargo tesoro de la experiencia: dolores, desengaños, tribulaciones, luchas, enfermedades, canas, arrugas en el rostro, fracasos, traiciones de la amistad y del amor... todo, todo á trueque de oir la palabra reveladora, de gustar el fruto del bien y del mal, la eterna manzana dorada por un lado y sangrienta por otro. Todo por llenar el destino humano; todo por recorrer el ciclo de la vida.

VI

CUANDO arrancó á andar el simón, la señora gritó á su hijo, que iba en el pescante: «Da las señas de Rita Pardo.» Rogelio obedeció, pero así que llegaron á la fea calle del Pez, donde vivía la señora del ingeniero, saltó á abrir la portezuela y dijo:

—No subo. Para esos informes que vas á tomar no me necesitas.

—¿Y á dónde te vas ahora?

—Por ahí,—respondió no sin alguna sequedad el estudiante, echando á andar y haciendo á su madre con la mano esa señal de despedida del hombre que se emancipa, algo semejante al nervioso aleteo del pájaro cuando le abren la jaula. Sin dar otra explicación, y embozándose más ceñido, desapareció en la revuelta de la primer esquina. La madre le siguió con los ojos mientras pudo: después suspiró y sonrió á medias.

—Algún día ha de ser...,—pensaba.—Está en una edad en que no se puede tirar de la cuerda mucho. Por supuesto que á mí no me la pega el pobriño: esto es un puro alarde de independencia: mirará cuatro escaparates, comprará seis ú ocho periódicos, dará unas vueltas con algún amigo que encuentre... y á su farmacia en seguida. Yo, si le viese fuerte, robusto, hecho un brutazo... otros á su edad tienen cada espalda y cada barbota negra que parece un tojal... El es así, tan finito, tan poquita cosa... Sácamele adelante, Virgen de los Remedios.

Las inquietudes maternales se apaciguaron cuando la señora, soltando el pasamano de la escalera, agarró el cordón de la campanilla para llamar en el tercer piso efectivo, con honores de principal, de Rita Pardo. Salió á abrir una niña como de once ó doce años, pálida, ojinegra, mal atusada y peor vestida, que en cuanto vió visita se escapó corriendo y gritando:

—¡Mamá! ¡mamá! La señora de Pardiñas.