No contestó la chica sino alzando la mano y el hombro como para expresar: «¡Bah! Desde que nací.»
—Bien...—murmuró la señora.—Francamente, hija, siento que deje V. á las de Romera. Mejor casa y mejores señoritas...
—No niego eso—replicó Esclavitud con mayor energía si cabe;—solamente que ya le he contado la verdad, señora, como si estuviese hablando con mi difunta madre ó con el confesor. Pegó conmigo la morriña, y si no salgo creo que se me revuelve la cabeza ó me voy derecha á la sepultura. Yo no comía. Yo me metía á cavilar por los rincones. Yo me fuí quedando morena, morena, y tan flaca, que la ropa se me cae. Yo de noche tenía unos aflictos como si me atasen una soga al pescuezo tirando mucho. Con esto y con todo me daba empacho descubrirme á mis señoritas. Lo conocieron ellas, y fueron las primeras en aconsejarme que, de no volverme á la tierra, que me metiese en alguna casa de gente de allá. «Hija, estás tan desmejorá que pareces otra». Mismo así me dijeron.
Al hacer esta narración, la barbilla de Esclavitud temblaba como la de los niños cuando reprimen la emoción que precede al llanto. Los ojos no se veían, porque los bajaba, según costumbre.
—Serénese—ordenó afectuosamente la señora. Iba entrándole una simpatía irresistible por aquella muchacha, de porte tan modesto y de corazón al parecer tan sensible. ¡Qué poco se parecía á las descocadas de Madrid, á las charranas de los barrios, chulapas sin pudor que no pueden estar en una casa decente! Justamente no hacía hora y media que la Pepa, la doncella, por un quítame allá ese polvo, se había desvergonzado poniéndose como una verdulera. Esta galleguita podría haber tenido... qué sé yo... cualquier desliz... porque lo de la escapatoria de su tierra no resultaba claro; pero el tipo era tan... vamos, tan de mujer de bien... Sabe Dios lo que le habría sucedido á la pobrecilla.
—Mire—declaró adelantando la cabeza por la portezuela—lo que es ahora mismo no le puedo contestar fijamente si la tomo ó no. Dése V. una vuelta mañana á estas mismas horas, y llame en el entresuelo. Me alegraría de que... pero hay que pensarlo. Si yo no pudiese, haré por descubrir alguna casa gallega... Dígame V. las condiciones, por si otra persona quisiese saber...
Esclavitud arrollaba entre las yemas del pulgar y el índice un pico del pañuelo de seda negra.
—Dios se lo pague. Por la soldada tanto me da un duro más como un duro menos. Al trabajo no le pongo mala cara. De cocinera no voy porque no sé estos guisos finos que se estilan ahora; sé las comidas de la tierra, así, sencillas. En lo demás me parece que daré gusto, lo mismo en limpiar, que en el repaso, que en la plancha. Lo que le pido es que en la casa que me busque, no haya... vamos... hombres que...
—¡Ya, ya!...—atajó doña Aurora. Y añadió bromeando:—Pero y entonces ¿cómo pretende V. mi casa? ¿No ha visto V. que en ella hay un hombre?
Señaló á Rogelio, que repuesto de su cortedad con la presencia de su madre, consideraba á la chica, reclinado en la portezuela del simón. Esclavitud siguió la dirección de la mano de la señora; por primera vez sus ojos, verdes, cambiantes, de mirada cándida, se fijaron en el estudiante: luego pronunció risueña: