—Diga... Y estando V. tan pegada á la tierra, ¿cómo se vino de allá?
¡Ah! de esta vez no cabía duda: fué rubor, y rubor encendidísimo, el que tiñó los pómulos de la sirviente. Y al contestar—se necesitaba ser sordo, y sordo verdadero, para no percibirlo—tartamudeaba, sobre todo en las primeras frases.
—A las veces... tiene uno... que hacer aquello que menos le está pidiendo el corazón, señora... Somos hijos de la suerte. A mí me criara mi tío, el cura de Vimieiro. Dispuso el Señor de llevárselo; quedé sin arrimo. Para comer pan hay que trabajar. Era reina en mi casa; ahora sirvo. Alabado sea Dios, y nunca nos falten las manos y la salud.
—¿Cómo no entró V. á servir allá?—insistió la señora, que sobre una pista era más fina que el mejor sabueso. Y que la pista existía, no pudo dudarlo al ver que ya no era rubor, sino llamaradas de fuego, lo que pasó por el rostro de Esclavitud.
—No... no se me proporcionó—respondió con acento ahogado.—Luego, como allí todos me conocían, me daba vergüenza.
Doña Aurora Pardiñas recapacitó cosa de dos minutos, y endulzando el tono para suavizar lo áspero de la idea.
—Vamos á ver... Quien la recomienda á V. son las señoritas de Romera, que... que la conocen sólo del tiempo que estuvo en su casa. ¿No es eso? Pues sería conveniente... V. se hará cargo de ello... que tuviese aquí otras personas de allá, del país, para responder.
La muchacha titubeó un instante, y resolviéndose al fin, contestó:
—Me conocen el señorito Gabriel Pardo de la Lage y también la hermana.
—¿Rita Pardo? ¿La casada con el ingeniero? Pues si la trato mucho. ¿Y dice V. que la conoce?