—Hija, dispense V. Aquí dice que V. me explicará el objeto de su venida. ¿Quiere subir?
—No, señora... Por mí no se moleste. Aquí mismo...
—A ver, no tenga V. reparo. ¿Alguna recomendación?
—Recomendación, no, señora. Es que yo quiero entrar á servir en casa de V.... ó de otra familia gallega,—añadió después de una pausa.
Doña Aurora miró fijamente á la postulante, y creyó advertir que se ruborizaba un poco.
—¿Usted... no estaba contenta con las señoritas de Romera, según eso?
—Sí, señora; por contenta sí... y me parece que ellas también conmigo; ya lo ve por la carta que me dieron. Por lo que es de las señoritas, estaría yo en la santa gloria, que son muy buenísimas, no despreciando: Dios las florezca. Sólo que á las veces... hay personas buenas y no se hace uno con ellas. Esas señoritas son de allá de Málaga, en tierra de Andalucía, y tienen unas costumbres y unas comidas que yo no las entiendo. Hasta el habla suya es atravesada para mí. Cuando me mandan hacer una cosa y no comprendo, me quedo como si me leyesen la sentencia de muerte. Y luego, señora, la verdad por delante: el no estar entre gente de su tierra, ni oir mentarla nunca, le pone á uno el corazón muy negro. Por la metá de soldada y con doble de trabajo, quiero servir á una persona del país.
Lo dijo con tal persuasión, que se aumentó la benevolencia de doña Aurora, prendada ya del porte decente y honesto de la muchacha, tan distinto del desgarro que gastan las Menegildas madrileñas. Sólo que no veía claro aún en la historia: allí debía de haber algún intríngulis. Delante de la puerta, el simón chupaba su papelito, mientras el jamelgo bajaba la cabeza y estiraba los belfos, soñando con pienso abundante y prados deleitosos.
—Hija—advirtió la señora—yo voy á sentarme en el coche. Como no tengo sus años, me pesa el cuerpo y las piernas me bailan. De no subir, el coche sea conmigo.
La galleguita la ayudó á colocarse, y desde dentro, doña Aurora preguntó: