—¿Una posdata tonta?

—Sí; que por qué no me dejo ver, que ya estaré hecho un buen mozo... Las bobadas de cajón.

—Te lo estoy diciendo siempre, rapaz,—exclamó la madre con viveza.—Nunca subes diez minutos á casa de esas pobres señoras que te quieren tantísimo. Como que te han conocido así, hecho un muñeco. Pensarán que es culpa mía. Pues bastantes veces te hablo de ellas. ¡Pascuala y Mercedes! Si tú no vas iré yo.

—¡Pero, mater terribilis, si en cuanto piso aquella antesala me entra un sueño... y no hago sino bostezar!

—Pues son unas santas.

—¡Amén; yo no les quito su santidad; sólo digo que son tan pesaditas, tan patosas! Hablan á dúo como los alemanes de La Diva, «Rogelito, ¿qué tal la mamá? ¿Y los estudios?»—Al decir, así imitaba la voz cascada y el acento malagueño de las solteronas.

—Valiente pinturero estás tú,—murmuró la señora reprimiendo la risa.—No sé por qué te han de dar sueño Pascuala y Mercedes.

—Insondables enigmas del corazón humano. Arcanos profundos. En aquella dimora casta è pura flota en la atmósfera un beleño letal.

—¡Farsante!

Mientras duraba esta escaramuza entre la madre y el hijo, la muchacha esperaba inmóvil, sin levantar los ojos del suelo. Doña Aurora se hizo cargo y se encaró con ella.