—¡Qué chiflada estoy! Sin mis gafas... Rapaz, lee tú.

Desplegó Rogelio la misiva, y ahuecando la voz, comenzó así:

—«Alta y poderosa y sobajada señora; si la vuestra fermosura...»

—Mira, niño, lee formal, que aquí corre un frío de los diablos y con el reuma mis caderas no están para músicas.

En tono natural leyó Rogelio:

«Nuestra más distinguida amiga: La dadora, Esclavitud Lamas, manifestará á V. el favor que pide. Nosotras sólo podemos atestiguar que todo el tiempo que estuvo en esta casa, observó ejemplar conducta, sin faltar nunca á su obligación; tanto, que su marcha nos deja muy disgustadas, por no tener queja ninguna de ella, al contrario.

«Quedan de V. afectísimas sus antiguas amigas,

«Pascuala y Mercedes Romera.»

—¿No dice más, hijo?

—Trae una posdata tonta. No la leo, ea.