—No tengo por qué negarlo.

—Ni yo tampoco, caramba.

—No, señor, por cierto. Es una tierra muy buena, mejor que la de Madrí y la de todo el mundo.

Rogelio sonrió, agradado del patriotismo de la muchacha, y comenzando á sentirse bien con ella, porque le parecía incapaz de burlarse de nadie. Estaban próximos á la casa: Martín, que se había adelantado, paraba su jamelgo, operación más fácil que la de obligarle á salir al trote, y, desde el portal, doña Aurora hacía señas á su hijo.

V

—Mamá, aquí te traen una amorosa epístola.

—¿Esta chica?

—Sí, señora... De las señoritas de Romera.

—A ver, venga. Puede que sea cosa de despachar acto continuo.

Pero apenas hubo roto el sobre, la señora se echó á reir.