Sin otra discusión, la muchacha rompió á andar, y Rogelio, por instinto, se colocó á su izquierda, como haría con una dama. A los diez pasos le pesaba ya de su galantería. En primer lugar, menuda chacota le arrimarían sus compañeros si acertaban á encontrarle acompañando tan cortés á una individua de pañuelo á la cabeza y saya lisa de merino. En segundo, Rogelio atravesaba esa edad en que un chico criado algo falderamente, en la casta atmósfera maternal, no puede evitar una impresión de cortedad penosa cuando trata con mujeres desconocidas aún. Cierto que las de condición inferior no le atarugaban tanto: las señoritas eran su muerte: siempre creía que se burlaban de él, que cuanto le decían era pura matraca, que no hacían sino tomarle el pelo, gozarse en su confusión y comentarla luego á solas, con maliciosa y despiadada ironía; pero ahora, al lado de la muchacha vestida de luto, experimentaba la misma turbación, porque, á pesar de su pobre traje, no tenía pinta de lo que se entiende por mujer ordinaria. «¿La diré algo? ¿Se reirá de mí? Más se reirá si me quedo mudo. No, la palabra hay que dirigírsela». Entonces se le ocurrió preguntar con suma formalidad:

—¿Quién le envía á mamá esa carta? ¿Lo sabe V.?

—Sé; sí, señor. ¿No he de saber? Las señoritas del general Romera. ¿No las conoce?

—¡Vaya si las conozco! El general Romera fué amigo de papá. Hace tiempo que no las vemos.

—Estuvo malita doña Pascuala, la mayor. Tuvo una cosa que le dicen enginas inflamadas. ¡Ay! Muy mala estuvo.

—Y ahora, ¿sigue mejor?—interrogó Rogelio por seguir hablando, aunque las anginas de doña Pascuala no le quitaban el sueño.

—Ya sanó de todo. Pues si no sanase, tampoco me marchaba yo de junta ella.

—¿Estaba V.... allí?—(Rogelio no se atrevió á decir sirviendo.)

—Sí, señor, desde que vine de allá.

—¿Conque galleguita?