Cuanto mayores extravagancias ensartase, más se reían los cocheros.
Una mañana salió Rogelio, ya embozado en su capita hasta los ojos, pues las postrimerías de Octubre tenían la atmósfera en punto de sorbete, aunque el alegre sol madrileño brillase en todo su esplendor. Tratábase como siempre de buscar un cochecillo para doña Aurora. Al llegar á la esquina de la plazuela, divisó á uno de sus trenes predilectos: una berlina algo menos indecente, con forro de sagrén avellana no tan mugriento y sobado como el de la mayor parte de estos vehículos. El cochero, rubio, gordo, coloradote, atendía por Martín y era gallego. Rogelio venía llamándole con señas y gritos:
—¡Martín, el de la capa! ¡Ah de la imperial carroza!
Hablaba el simón con una mujer cuyo rostro no podía ver el estudiante; pero á la voz de éste se volvió, y Rogelio hubo de notar que era moza, no mal parecida, de aspecto humilde y vestida de luto.
—¡Señorito, qué cuaselidá!—exclamó Martín al conocer á Rogelio.—Esta joven (el cochero pronunciaba joven con g) viene en busca de la casa del señorito, y me preguntaba el camino ahora. Es paisana nuestra. Trae una carta...
—¿Quiere V. dejarme ver el sobre?—indicó el estudiante, que al dirigirse á la muchacha varió enteramente de modales y de tono.
La muchacha alargó el billete, que lo era, y bien chico.
—¡Calle! Es para mamá. Véngase V. conmigo; yo le enseñaré la casa. Tú, simón, sigue nuestra resplandeciente estela con tu carroza imperial, tirada por ese lánguido cisne.
—Dios se lo pague, señorito—dijo la muchacha con voz bien timbrada y dulce, y acento cantarín, como suelen tenerlo las gallegas ribereñas.—No necesita molestarse. Ya veo desde aquí el portal de la casa, que el cochero me lo señaló.
—Si yo también llevo ese camino. Ningún trabajo me cuesta.