IV

LA calle enterita, tiendas, puestos ambulantes, criadas y vecindad, conocía á Rogelio: como suele decirse, todo el mundo le debía un cuarto. Eranle familiares los establecimientos, ó, mejor dicho, humildes tenduchos de loza, ultramarinos, novedades, cordelería y periódicos, que se incrustan entre las viejas é imponentes casas solariegas de la calle Ancha, animada por la concurrencia de los estudiantes y por el ascenso y descenso de los tranvías.

Pero con quien la emprendía Rogelio más á menudo, era con los cocheros simones, de los cuales existe un puesto en la plazuela de Santo Domingo. Rara vez salía de casa doña Aurora que el reuma ó el frío ó el calor no la determinasen á enviar por uno de aquellos vehículos tan destartalados y feos, pero tan cómodos y accesibles; ella les llamaba enfáticamente «sus trenes», y aseguraba riendo que siempre tenía el coche enganchado y á la puerta, con un cochero tan puntual, que no se hacía esperar una vez sola. Rogelio, á fuer de hijo único y rico, se permitía otros lujos, y su madre le pagaba la pensión de dos caballitos moscas y el alquiler de un milor flamante en casa del alquilador Agustín Cuero, para que los días festivos bajase al Retiro ó adonde le diese la gana (no consintiéndole caballo de silla por temor á un lance peligroso). Pero á la señora primero la matarían que usar de aquel tronco juguete: que la dejasen con sus pacíficos simones; á no ser algún día, por decoro y para hacer visitas, maldito lo que le importaba la farsa de que el coche estuviese más barnizado y el cochero llevase guantes y unas zaleas de carnero por los hombros. Con el uso frecuente y las razonables propinas, todo el personal cocheril de la plaza estaba á devoción de doña Aurora, y muy prendado de la buena sombra del señorito. Este no les dejaba vivir, máxime á sus paisanos, los gallegos, con quienes la tenía siempre armada. Decíales mil disparates acerca de su tierra; les tarareaba la muiñeira; les hablaba con la u, á guisa de sirviente de comedia de Ayala; y si por milagro llegaban á amoscarse, les decía:

—Auriga veloz, yo también soy galleguiño, maruso, de pralá.

A lo cual solían ellos responder:

—¡Qué señorito tan pavero!

Cuando venía á comprometer á alguno porque lo necesitaba su madre, desde una legua que le viesen ya estaban riéndose y bajando la alquila. Y él solía entrar en escena dirigiéndoles retahilas semejantes:

—Automedonte alígero, vapulea á tu fogoso corcel para que se beba la distancia hasta mi encantado palacio. Ya el generoso bridón tasca impaciente el dorado freno. ¿No ves cual le rocía de cándida espuma? Buloniu, ¿en qué estabas pensando que no me veías de venir?

—Señorito... estaba á leer La Correspondencia.

¡La Correspondencia! ¿Qué profieren tus sacrílegos labios? ¡La Correspondencia! ¡Rabo de Satanás! ¡Una hoja revolucionaria, anárquica y nihilista! Arroja pronto ese veneno, antes de apropincuarte á la mansión honrada de los pacíficos ciudadanos. ¡Acude, corre, vuela, simón! ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Anda, burrachu, demagogo!