—¡Cuidadito con insultar á la tierra!—decía festivamente Rogelio.
—Sí es cosa averiguada. A Galicia no va un gitano. Más chalanes y más socarrones son ellos que toda la gitanería junta. ¿Y en litigar? ¡Santo Cristo de mi pueblo! Nacieron pleiteantes. Le envuelven á V., home; el aldeano más rudo le da á V. cien vueltas.
—Eso prueba,—alegaba el señor de Febrero—que somos gente despabilada; no me lo negará V.
El señor de Candás, quitándose del oído el cañuto de plata á fin de no hacer caso de la observación y despacharse á su gusto, proseguía:
—Y hay tontines que llaman á los gallegos listos; yo lo que digo es que son maulas: si fuesen listos no andarían siempre hechos unos pobretes, comidos de miseria, roídos de envidia, sin salir nunca de pobres y de quejumbrosos. Son la casta de gente más llorona que he conocido. Todo se les vuelve pucherines y lamentos.
La tez de marfil del señor de Febrero se encendía un poco, porque le era imposible habituarse á las malignas descortesías de Laín Calvo.
—Eso es algo fuerte, señor Don Nicanor; repare V. que aquí estamos en mayoría los gallegos. ¿Le gustaría á V. que yo le repitiese ahora aquella vulgaridad de «asturiano, loco, vano, mal cristiano?»
—Hay—proseguía el fiscal imperturbable—una tanda de memos en polvo que se alborotan cuando oyen decir esto; pero ello es ya tan sabido, que de puro sabido se calla. El gallego tiene alguna penetración, corriente, sobre todo cuando se trata de discurrir maneras de jeringar al prójimo; y, sin embargo, ni sabe cultivar la industria, ni salir de aquella escasez en que vive. Le ve V. resignado con su mendrugo de pan de maíz, hecho un pelele, sin ropa, sin comer carne, sin beber vino una vez en el año... Le ve V. que con su fama de avispado, á veces parece más alma de cántaro que los mismos aragoneses. Es tacaño y ahorrará un ochavitu aunque se lo saque del pellejo con una raspa; pero no tenga V. miedo que discurra para agenciarse ese ochavo, ni que se anime á trabajar de veras por el aliciente de un duro. Nada: con tal que no le perturben en su rutina y en su haraganería... Así ve V. que ahora tienen esa red de ferrocarriles, ¿y para qué les sirve? No moverán el dedo para atraer á los veraneantes. ¡Aquel agrado, aquella limpieza de la gente donostiarra!
—A este Don Nicanor hay que matarle ó dejarle—objetaba furioso Nuño Rasura.—Como no atiende á razones... ¿Dónde está esa red ferrocarrilera de que habla? ¡Bonita red! Llena de agujeros. ¿Quiere que todo se haga en un día? Milagros sólo Dios. Todo se andará, con paciencia y tiempo. Mire ya mi Don Nicanor la importancia que va adquiriendo la bellísima Vigo. Aquel clima tan fresco, aquellas costas y aquellas rías son la admiración de la prensa. ¡Y aquellas mujeres... mejorando siempre lo que tenemos delante, pero mi buena amiga también es de allá! ¿Y aquel pescado tan especial? ¿Qué me dice V. de él?... Amiga queridísima doña Aurora, yo no he vuelto á comer sardina ni lenguados desde que me vine. Antes de la caída de O’Donnell, recuerdo que estábamos tomando baños en Marín, y nos trajeron á la puerta un rodaballo...
Aquí volvía el ochentón á hilar el copo de los recuerdos, y Rogelio, con el codo en el sofá y en la palma la mejilla, escuchaba embelesado. Parecíale que estaban contando alguna tradición de familia. El aposento y la tertulia adquirían aspecto de cariñosa intimidad: la atmósfera moral y material era templada: el mundo era mullido y acolchado como el almohadón donde reclinaba su cuerpo. Cada tertuliano era para él, si no un padre, por lo menos un tío carnal. En derredor suyo reinaba la más dulce seguridad; y así como en ciertas moradas lujosas se traslucen el ahogo y la escasez, en aquel comedor modestísimo se transparentaba el bienestar casero, la más dorada mediocridad que pudo soñar ningún poeta ni apetecer ningún filósofo. La armonía y la moderación son siempre hermosas, y Rogelio, sin definir esta belleza que le rodeaba, la sentía y se envolvía en ella como el pájaro en el plumón de su nido. Y mientras en la chimenea chisporroteaba la leña ardiendo, y de la cocina venía amortiguado el repique del almirez, y discutían los viejos y la madre activaba las agujas de su media, el muchacho, sumido en vaga contemplación, fantaseaba cómo sería aquel país bonito, aquella Galicia verde, llena de agua, de flores y de muchachas mimosas.