—Lo mismo que te llevo á San Sebastián, á Galicia te hubiese llevado, niño; pero no fué posible. ¿Crees tú que no me llama á mí la tierra? Los que allá nacimos... es tontería; no tenemos más ganas que de volver, ni perdemos nunca la querencia.
—Y los que no nacimos lo mismo—intervino Don Nicanor Candás, armado de trompetilla.—Ahora daba yo el dedo meñique por pasarme un año en Marineda; mejor me voy allá que á Oviedo ó á Gijón.
—Pero á mí—prosiguió la señora—siempre se me descomponía el plan, como si anduviesen en ello las brujas. ¿Tienes gana de volver á tu país antes de cerrar el ojo? Pues fastídiate, y aguarda hasta que te caigas de vieja. Verán Vds.:—y contaba por los dedos.—Primero: que la incompatibilidad. Deje V. su familia, su casa, sus bienes, y váyase V. á rodar de zeca en meca, con un niño pequeñito y que siempre fué delicado, de Oviedo á Zaragoza, luego, con lo de la Regencia, á Barcelona, luego al Supremo aquí... Mi matanza toda era decirle á Pardiñas: jubílate, hombre, jubílate, y volvámonos á la terriña, á no dejar por ahí nuestros huesos. Para vivir nos sobra con lo nuestro, y los hijos no son tantos que nos agobien. Pero... como ya saben Vds. lo que era mi pobre marido, que no es que yo lo diga...
Rumor de simpatía en la asamblea.
—Creía que en seguir la carrera hasta el fin consistía su obligación... ¡En nombrando al deber! En fin, tenía aquella idea y era preciso respetarla. Y después, como se puso ya tan malito...
Aquí la voz de la señora se enronquecía algo; llevaba la mano al bolsillo, y se sonaba, aplicando luego el pañuelo á los ojos.
—De manera—repetía suspirando y encogiéndose de hombros—que cuando llega la hora... Después, ya saben Vds. cómo me vi con mis cuñadas, y la de pleitos y de embrollas que me armaron. Creí que nunca me desenredaba. De allá me escribían los amigos antiguos: «Que vengas, que vengas, que en un día haces más desde aquí que desde ahí en un año.» ¿Qué quieren Vds.? Me daba miedo la diligencia. Con este reuma, pensar en embutirme en aquellos carricoches, que á lo mejor no tenían un cristal para un remedio... Así que se transigieron bien que mal las cuestiones y se devanó el ovillo de la testamentaría, cate V. que ponen el tren directo hasta Marineda... Pero ya se me había enfriado el alma, porque volver allá para encontrarse de esquina con toda la parentela...
—Mamá, con toda no. Muchos parientes, según tus mismas noticias, están de nuestra parte.
—Bah... Yo qué sé. En nuestra tierra, rapaz, es difícil saber quién está por uno y quién en contra. En ese particular he recibido desengaños atroces. A lo mejor te venden amistad mientras te clavan el cuchillo hasta el mango. La verdad se ha de decir: por allá no somos así... francotes y reales, como los castellanos viejos.
—Habla V. como un libro—asentía el señor de Candás, no desperdiciando la ocasión de sacar las uñas.—El gallego reunirá los méritos que V. guste; pero á retorcido y escurridizo y falso no le gana nadie. No contrate V. con él de palabra sólo, carapuche, que no tienen fe, ó si la tienen es púnica. Cómo será el gallego, que los gitanos no se atreven á colarse nunca por allí, temerosos de salir engañados.