Disimuló doña Aurora el gozo del triunfo; pero hembra al fin, miró á Rita de soslayo y pensó:

—Fastídiate, pinturera...

—Verá V.,—empezó el comandante.—Ese cura Lamas fué un infeliz, ignorantón como lo era entonces todo el clero rural, que hoy se ha civilizado mucho, y bastante zoquete; pero cumplía sus deberes parroquiales, y si tenía deslices los encubría bien: no puedes ser casto, sé cauto, como dicen ellos. Por cuanto una noche llega á la rectoral una chiquilla, de diez años poco más ó menos, que había quedado huérfana y vagaba pidiendo limosna: en una casa le daban un mendrugo de pan de maíz, en otra un poco de hoja del mismo maíz para tumbarse y dormir; aquí un pañuelo roto, allí unos zuecos viejos... Así vivía la desdichada. El cura se compadeció, y le dijo: «Pues quédate aquí; aprenderás las labores caseras..., tendrás vestido, cama y caldo caliente.» Dicho y hecho; la chiquilla se quedó...

—¿Y era Esclavitud?

—No, señora; no, señora... Aguarde V. Salió la chica habilidosa y despabilada: echó, como dicen allá, la morriña fuera..., y hasta se puso lozana y guapetona. Y,—aquí la voz del comandante adquirió tonos irónicos,—al desabrochar la flor de la nubilidad...

—¡Ay, Gabriel!...—respingó Rita.—Ciertas cosas se pueden contar de otro modo. No se necesita entrar en detalles que...

—¡Bah!—dijo doña Aurora.—Todos somos casados, y yo vieja. Ya estamos al cabo y curados de espantos, amiga. Siga V. ¿Qué vino después?

—Después vino Esclavitud.

Aunque la señora afirmaba estar al cabo, la noticia, dicha así de pronto, casi la hizo saltar en la silla.

—¡Aah!—pronunció, quedándose muy meditabunda.—Por eso la pobre... Bueno: ¿y después?