—¿Después?—recalcó fogosamente Rita, incapaz de contenerse, metiendo al fin cucharada.—Después mi papá se vió negro para amansar al Cardenal Arzobispo, el señor Cuesta, que estaba hecho un león. Como era tan virtuoso, aquel señor apretaba las clavijas y no permitía desmanes. Pues si no es lo que papá machacó en Su Eminencia, y hoy una súplica y mañana otra, sin licencias se queda Lamas Tarrío, y se pudre en la cárcel eclesiástica. Porque una cosa es que á un sacerdote se le escurra el pié y cometa gatuperios allá donde nadie lo sabe, y otra que esté escandalizando á los feligreses, y que críe la chiquilla en su casa á ciencia y paciencia de todo el mundo, y la traiga en brazos, y...
—Mi padre,—advirtió Gabriel interrumpiendo á su hermana,—con una mano machacaba en el Arzobispo, y con la otra martillaba en el culpable. A fuerza de exhortaciones pudo conseguir que la sirena saliese de la rectoral; pero Lamas seguía viéndola. Al fin papá se cuadró, le echó al cura unas pláticas que me río yo de las del capuchino más barbado, y pudo conseguir que enviase á la madre á Montevideo, á condición de que le dejasen la chiquilla.
—Sí,—volvió á entrometerse Rita,—bonito remedio fué: peor que la enfermedad. El hombre quedó más rabioso y más relajado de lo que estaba. Se pasaba las noches en vela llorando y gritando; le dieron unos arrebatos de sangre,—en casa por cierto,—que fué preciso aplicarle un golpe de más de cuarenta sanguijuelas; y la sangre salía negra como la pez. Creímos que se volvía loco: andaba por los corredores arrancándose los pelos, llamando á la individua, y diciéndole cosas babosas...
Cuando esto soltaba Rita, su hermano observó que las cortinas del gabinete contiguo se agitaban como movidas por un céfiro de curiosidad retozona, y casi se dibujaba en ellas el relieve de un hociquito atento.
—Mira,—advirtió,—ahora eres tú la que te metes en honduras. Todo eso no viene al caso. Despachemos pronto la historia, y deja que yo la acabe. El pobre Lamas se puso tan mal, que le dió lástima al mismo Arzobispo, el cual le llamó para animarle é infundirle deseos de penitencia. Y, en efecto, con el curso del tiempo, fué sosegándose, y hasta se portó bastante bien en lo sucesivo. Unicamente se le podía tachar de que criaba á la niña con mimos extremados; pero como el sentimiento de la paternidad, aun cuando atropelle toda ley divina y humana, tiene mucho de sagrado, la gente transigió. El presentaba á la chica diciendo que era sobrina suya. Como los hijos sacrílegos no heredan, el cura ahorró dinero, onza tras onza, para entregárselo en mano propia á Esclavitud; pero la chica, que ha salido muy remirada y muy devota y muy desinteresada además, al morir Lamas entregó todo ese dinero, en oro como lo había recibido, para misas y sufragios por el alma del pecador. Este solo rasgo le pinta á V. el carácter de la muchacha: pocas harían otro tanto, aunque hubiesen nacido en mejores pañales y más... ortodoxamente.
—Mi hermano, como tiene así la imaginación, pinta muy románticas las cosas.
—Señora de Pardiñas, palabra de caballero que ni quito ni pongo. Esa chica, según entiendo, sería capaz de irse á cualquier parte en peregrinación, descalza, para sacar del purgatorio el alma del cura de Vimieiro.
—Falta le haría,—advirtió Rita,—y también para la de su madre, que allá en América parece que se dió á la vita bona.
—¡Válgame el cielo, y qué inquisidores os volvéis los que nunca habéis carecido de consideración ni de pan!—exclamó Pardo, ya indignado seriamente.—Yo no peco de filántropo; pero ciertas cosas no me las explico en gente que alardea de cristiana, y va á misa, y reza. Buenos rezos son esos, buenos. ¿Así entiendes tú la caridad? Pues hija, afirmo que esa Esclavitud vale más que...
Se contuvo por fortuna, y añadió: