—Que otras personas. ¿Qué culpa tiene ella de las faltas de sus padres, diga V.? Y las está expiando como si las hubiese cometido. Hasta se expatrió, según veo, y juraría que es por vergüenza, por no estar donde la gente sepa y recuerde y diga...
—También juraría lo mismo—asintió con calor doña Aurora.—Ahora entiendo por qué se sofoca tanto cuando le hacen ciertas preguntas. Yo opino como V., Pardo, como V., que es buena; que tiene sentimientos nobles... y que esos rasgos la honran mucho.
—Sí, guíese V. por mi hermano. Admítala en su casa,—exclamó Rita con una carcajada impertinente, que salía de lo más dañado de sus hígados.—Tocante á dar consejos, Gabriel es una especialidad. Le tiemblo cuando pega la hebra con mi esposo. Si Eugenio se guiase por él, estaríamos pidiendo limosna. Cargue V. con esa chica, ya verá cómo sale con las manos en la cabeza. Entonces dirá V.: «Bien me lo avisó Rita Pardo.»
La señora pensaba para su rotonda de pieles:
—Aunque sólo fuera para hacerte tragar quina; falsa, maulona... Ya te he calado, ya.
Al salir Gabriel, esperábale en la antesala su sobrina mayor. La cogió por el talle, y subiéndola á la altura de su boca, entre risas de la chiquilla, le deslizó al oído:
—Las niñas buenas, para que tití Gabriel las quiera mucho, no atisban, no husmean, no se esconden detrás del portier... Obedecen á su mamá, porque es su mamá, y no les ha de mandar cosa mala... ¡Cuidadito con morder, lagartija! Las niñas buenas... son buenas. ¡Ay! ¡Mi corbataaá!
—¿Tití Gabriel, me llevas contigo?—arrullaba la zangolotina.—Contigo sí, contigo no..., contigo sí me iría yo. ¡Llévame, anda!
—A Leganés te llevaré... ¡Juicio! ¡Estudie V. la lección de francés! ¡Péinese V. ese felpudo! ¡Dé V. una vueltecita por la cocina, á ver qué hace la pobre chica esa! ¡A papá le gusta el rosbif muy poco hecho! ¡Cuide V. el rosbif de papá!
Al cruzar la puerta, el comandante le echó á la niña un beso volado, y ella pagó en seguida el envío.