VIII
DOÑA Aurora acostumbraba llevarle á su hijo el chocolate á la cama, porque, chapada á la antigua en muchas cosas, estábalo también en madrugar. Era un momento delicioso para la mamá chocha aquel del chocolate.
El rapaz, como ella le llamaba, tenía al despertarse ese regocijo sin causa, propio de los años primaverales, en que parece que cada día nuevo sale de manos del tiempo dorado y lindo, esmaltado de dichas, y en que el peso de recuerdos dolorosos no sujeta aún las alas vibradoras de la esperanza. Rogelio, que por las tardes padecía á veces un abatimiento nervioso, por las mañanas era un pájaro en lo vivo y juguetón. Hasta su charla se parecía al gorjeo de las aves cuando amanece y de los niños cuando abren los ojos. Sentada su madre á la cabecera, después de haber apartado las prendas de ropa esparcidas y los libros desparramados aquí y acullá, sostenía la bandeja para que no se volcase la jícara, donde el muchacho mojaba los rubios buñuelos, mientras esperaba turno un vaso de purísima leche. ¡Y qué de sudores y fatigas le costaba á doña Aurora el tal vasito! Ya podía ella dar quince y raya á todos los químicos del gabinete municipal: sin análisis, ni instrumentos, ni pamplinas, á simple vista, por el color y el olor, conocía los grados y cualidades de la leche toda que se expende en Madrid. ¡Como que sus esperanzas de ver engordar á Rogelio las cifraba en aquel vasito de leche bebido antes de clase, y en el bisteque engullido al salir de ella!
A la hora del chocolate era cuando se comentaban todos los sucesos de la víspera, las graciosas reyertas de Nuño Rasura y Laín Calvo, los chistes estudiantiles, el último crimen, el fuego de anoche, junto con los menudísimos acontecimientos de aquel hogar realmente tranquilo (como lo son tantos en la corte, á despecho de la superstición provinciana que considera á Madrid un torbellino ó vértigo perenne). Lo primerito que hizo Rogelio, la mañana que siguió al día en que vino á pretender la gallega, fué preguntar á su madre, con mal disfrazado interés:
—¿Qué tal? ¿Qué te han dicho sobre la cándida doncella... de labor?
Nada tenía la pregunta de importuna ni de extraña; sin embargo doña Aurora se quedó algo cohibida, fluctuando entre referir puntualmente lo averiguado ó callárselo. No; lo más prudente sería esto último. Se trataba de cosas graves, y si Rogelio no guardaba toda la discreción necesaria... Era preciso irse con tiento.
—Mira, ratiño, en primer lugar tengo que advertirte que he despachado á la Pepa.
—¿Hola? ¿Caen aquí los ministerios sin que me entere yo?
—Verás. Andaba muy engreída, muy respondona. Le planté la cuenta en la mano. Todo les aguanto menos que repliquen. Supongo que había novio por medio, que si no... La verdad: estoy harta de estas criadas de Madrid tan remontadas y tan insufribles con ese salero y ese desgarro. Prefiero una chica humilde, bien mandadita. Con una buena palabra me compran; no lo puedo remediar. Si vieses la tal Pepa, qué modos y qué remangos. Hecha un conejo de monte. ¡Ay! me parece mentira que se fué.
—Mater, basta ya de prolegónemos—exclamó el chico ensopando en la leche la lengüeta de un bizcocho.—Todo esto viene á parar en que tomas á la misteriosa enlutada. Te entró por el ojito derecho, y caá uno tiene sus debilidaes.