—No seas bobo. Lo que quiero es que el servicio ande corriente. Esa muchacha merece interés. Cuando yo lo digo...
¡Ay! propósitos de reserva, programas de discreción, temedle como al fuego á estas reticencias involuntarias, que abren de par en par la puerta á las confidencias absolutas. La señora quería callar: pero ¿quién calla después de soltar prenda? Ni la hubiese dejado vivir Rogelio. Además, doña Aurora, en el fondo, también deseaba relatar su triunfo, decir cómo había vencido á aquella pinturera farsantona de Rita Pardo. Tan dulce desahogo era el precio de la victoria. Hay un placer, cuyo origen no se define, pero á cuyo atractivo cede casi todo el mundo, en referir esos dramas hondos de la vida humana, que de rechazo nos tocan á todos, que tienen el don de interesarnos porque despiertan nuestros sentimientos de compasión y justicia, y al par nos ponen frente á graves problemas, sin obligarnos á resolverlos, sino sólo á considerarlos como consideramos en el teatro el argumento de una tragedia engendradora de terror y piedad. Rogelio, con el codo puesto en la almohada y los ojos muy abiertos, atendía afanosamente á la narración novelesca de su madre.
—Ya ves—advirtió ésta al concluir su historia—que á la pobre hay que tratarla con ciertos miramientos. Ella, dada su situación, no ha podido portarse mejor. Desinteresada como pocas, y aparte de eso religiosa y formal. Por lo que he sacado en limpio, ella se cree una hija de maldición, que anda cargada con los pecados de sus padres, y se abochorna de que allá la vean y recuerden lo ocurrido. Hay que proceder con mucho tino en como se le habla. Del padre no se puede ni indicar tanto así... Pues de la madre, aun menos... porque la muy picarona vive aún, y anda por esos mundos de Dios corriéndola...
—Vamos...—respondió Rogelio recobrando su buen humor—resulta que á la niña la miraremos como si fuese un hongo. Si alguna vez se trata de papás y de mamás, la diré: «Ya sé que V. no los tuvo nunca». ¿Te parece bien?
—¡Chiquillo, no me seas rematado! Cómete ese bizcochito más. Lo que quiero decir es que no le des bromas pesadas. Esas personas así, que sufrieron grandes desgracias, son más sentidas; se sobresaltan por cualquier cosa. ¡Yo desearía tenerla contenta!... En este Madrid y en el servicio que ofrece, coger una chica virtuosa y de tan buen avío, créeme que es una ganga. ¡Hay cada sargentona y cada lercha!
—¿Te parece que compre un ramito de flores para ofrecérselo galantemente cuando penetre en nuestra mansión?—preguntó el estudiante. Su madre le descargó un bofetoncito muy tierno, agregando:
—Lo que voy á comprar yo es un aguamanil y otras cosillas, porque aquella desencuadernada de Pepa me dejó el cuarto hecho una leonera, y esta muchacha tan aseada no va á encontrar ni donde lavarse las manos. Aguamanil, jabón, una mesita de noche... y un ruedo limpio para que con ese frío no salte de la cama sobre las baldosas, que están como la pura nieve. Mejor que un ruedo será un pedazo de alfombrita de moqueta: ¡la hay tan barata! Le voy á comprar también paño gordo para una chaquetita: me parece que no tiene abrigo: á cuerpo venía ayer... No sé cómo estará de ropa blanca. Siento haberle dado á la Pepa, no hará quince días, tres camisas preciosas.
—¡Bah! Con encargarle á París un trusó como el de la señora de Cánovas, por ejemplo... Diez docenas de elegantes peinadores y cuatro mil pares de medias de seda... ¿Bastará?
Doña Aurora salió temprano y volvió antes de las doce con sus adquisiciones hechas. Se complació en ver barridito el cuarto y colocados en su sitio el palanganero y la alfombra. Puso toallas limpias y sacó una colcha blanca de muletón, á fin de que la cama de hierro pareciese más cuca. Dió una vuelta, y al entrar de nuevo en el cuartucho no pudo menos de reirse á carcajadas. En un vaso de cristal azul lucía un ramillete de á dos cuartos: Rogelio, escondido detrás de la puerta, acechaba el efecto.
—¿Qué tal este timo? ¿Eh? ¡Ya tenemos buqué, caray, carapuche! como dice Laín Calvo. Es de gardenias: me cuesta diez duros. ¿Voy por alguna begonia? Haría muy bien un macizo al lado del aguamanil. Escribiremos la crónica después: «La alcoba se había transformado, al toque de la varilla de un hada, en frondoso jardín de invierno...»