El estudiante oía las palabras de su mamá, pero con el rostro vuelto hacia un cuadro, que parecía llamarle mucho la atención. Cuando tuvo que responder lo metió á barullo.—«Nada, que de esta noche no pasa...: compro una mandolina y le doy serenata á esa madamisela. Le voy á traer más flores y me pondré á ver si le hago unos versos del género de los de mi amigo Anastasio Cardona, con cada ripio así. La llamaré ninfa acuática y vago ensueño del poeta. Ya verás, ya verás... Ajustaremos paces la ilustre fregona y yo.»

En el fondo del corazón, Rogelio se sentía extraordinariamente envanecido y halagado por la queja de Esclavitud. Cuando tan á lo vivo la llegaran su secura y despego, era que la muchacha no le tenía por chiquillo, ó como ella decía, por rapaz. ¿Se apura ni se formaliza nadie por lo que dice ó hace un niño? Indudablemente le juzgaba todo un hombre, y hombre de cuyas acciones dependía el estado de su espíritu: tan á pecho las tomaba, que se resentían de ellas su humor y hasta su salud. En este pensamiento se deleitó Rogelio largo rato. Con todo, durante el almuerzo, á pesar de dos ó tres señas de su madre, no cambió de actitud respecto á la doncella. Sin saber por qué, le causaba empacho realizar la mutación delante de doña Aurora. Lo que hizo fué observar á hurtadillas á Esclavitud, la cual—sin duda por efecto de la excitación de su fantasía—le pareció muy demacrada, muy descolorida y más lánguida que un sauce. Al convencerse de esto, su noble alma juvenil se inundó de piedad; pero su orgullo, juvenil también, se estremeció dulcemente. «Pues por mí está de ese modo. Casi parece que me tiene miedo, según la precaución respetuosa con que me sirve...»

Acababa de retirarse á su aposento el estudiante para lavarse las manos, cuando tocaron ligeramente á la puerta, y á la voz de «pasen» entró Esclavitud, llevando en una batea de mimbres hasta media docena de camisas planchadas. Por efecto de la carga, que la obligaba á levantar los brazos, la muchacha lucía su fino talle y su andar compasado y armonioso. Iba á dejar sobre la cama las camisas y retirarse silenciosamente, á tiempo que Rogelio, llegándose á ella y amenazándola con la mano, exclamó:

—Vamos á ver como están de planchaditos esos puños. ¡Si les encuentro un solo candil!

Al oir la voz del señorito, Esclavitud se había sobresaltado, figurándose en el primer instante que la regañaban de veras; pero al levantar los ojos y fijarlos en la cara de Rogelio, comprendió que se trataba de una broma. Radió en su mirada tan sincera alegría; se dilató tan visiblemente su pecho; se esponjó de tal modo, en fin, que las excelentes entrañas del estudiante se conmovieron otra vez gratamente, y para disimular aquella emoción recargó la broma.

—¿Es justo que ande yo hecho un cesante, y que mis camisas parezcan la cara del apreciable señor Don Prudencio Rojas, alias Fantoche del Derecho? A ver: alce V. ese níveo cendal y enséñeme esas íntimas prendas de vestir. Si mis togas pretextas descubren las rayas de la senectud..., huya V. adonde no la alcance mi cólera vengadora.

En el rostro de Esclavitud, cada vez más regocijado, brillaba, al levantar el paño, cierta cariñosa malicia.

—A ver, señorito, á ver qué chata tiene que ponerles á estas pecheras. Ni el Rey las gasta más ricas.

—El Rey lo que gasta son baberos: no confundamos. ¡Enséñeme ese prodigio!

En efecto, estaban primorosamente planchadas, tan bruñidas y tersas, que fuera gollería pedir más.