—Bien; por esta vez le perdono á V. la vida. ¡Pero guay si acierta V. á descuidarse en el cumplimiento de tan sagrado deber!

—No señor, no señor. Vendrán cada día más blancas. Lo mismo que palomas.

—Dígnese V. decírmelo en gallego. Voy á dedicarme al estudio de ese idioma, porque en el griego y en el sanscrito ya estoy tan fuerte que les echo la pata á los profesores. ¿Cómo se dice paloma en gallego?

—¿Y es de allá y no lo sabe? ¡Vaya qué ser! Se dice pomba y también se dice suriña.

—¡Ay! ¡Eso de suriña, qué bonito es! Desde mañana lección de idiomas clásicos: V. será mi maestra. «Mademoiselle Suriña, profesora á domicilio». Pondremos un cartelito en el balcón y un anuncio en El Imparcial. Suriña, quite V. de ahí las camisas, que estorban. Guárdelas V. en el armario. ¡Eso!

—¡Ay, señorito, qué revuelto tiene el armario!—exclamó la muchacha apenas lo abrió.

—Pues á arreglarlo, Suriña. El arreglo de armarios forma parte de la lección de idiomas.

X

ELLO sería... ó no sería; pero no se puede negar que, después de firmadas las paces con Rogelio, el aspecto exterior de Esclavitud empezó á modificarse completamente. Sus ojos se reanimaron, sus mejillas florecieron, su voz perdió aquel tono dolorido, su conversación fué más expansiva; y sin alterar en nada sus ocupaciones, varió tanto su manera de desempeñarlas, que si antes parecía víctima resignada del deber, y su silueta tenía algo de aflictivo al proyectarse sobre las paredes de la casa, ahora su ir y venir, su resuelta actividad, la llenaban y regocijaban toda.

Doña Aurora no cesaba de felicitarse por este cambio. «¡Alabado sea Dios! Así me gustan á mí las caras, así. No puedo tragar á la gente que anda tristota y rostrituerta sin por qué ni para qué. ¿Lo ves, rapaz? Pues era por causa tuya, ni más ni menos. Ahora que la tratas campechanamente, mira cómo es otra.»